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El paisaje protegido de Tafira
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El Paisaje Protegido de Tafira ocupa una superficie de 14'85 km2, en el cuadrante nororiental
de la isla de Gran Canaria, afectando a los municipios de Santa Brígida (en aproximadamente un
20'7% del término municipal), Las Palmas de Gran Canaria (7,3%) y Telde (1'8%). Sus límites
dibujan una especie de triángulo cuyos vértices son la Montaña de Tafira al norte, la Montaña
de La Matanza al sureste y los Riscos de la Vieja (próximos a La Atalaya de Santa Brígida) al
suroeste.
Su orientación abierta hacia el NE posibilita la influencia directa de los vientos alisios
durante la mayor parte del año, lo que unido a su posición altitudinal en una zona de
transición entre la franja costera y las medianías, han determinado unas condiciones
climáticas templadas, con veranos suaves e inviernos frescos.
La bondad climática, la riqueza de sus recursos naturales y la belleza paisajística del entorno
pronto convirtieron este espacio en un lugar preferente para el establecimiento de asentamientos
de población, lo que se tradujo en un intenso aprovechamiento de sus recursos. Esta
circunstancia ha generado la degradación de sus cualidades ambientales, en un proceso que aún
hoy se ve incrementado por el desarrollo urbanístico de las últimas décadas, explicado por la
situación limítrofe de este espacio respecto a los ámbitos urbanos de tres términos municipales
-cuyas poblaciones suponen el 66% de la población total insular- y porque desde el punto de
vista funcional se encuentra inserto en el área metropolitana de la ciudad de Las Palmas de
Gran Canaria.
No obstante, a pesar de la alteración sufrida a lo largo de la historia, este espacio aún
alberga valores naturales, culturales y estéticos que fundamentan su protección especial.
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Visión general de la parte septentrional del Paisaje protegido de Tafira, con el Pico de Bandama al fondo
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El marco jurídico
La Ley 12/1994, de 19 de diciembre, de Espacios Naturales de Canarias,
aprobada por el Parlamento canario el 16 de noviembre de 1994,
recalificó los 70 Parajes Naturales de Interés Nacional y los 34 Parques
Naturales declarados al amparo de la anterior Ley de
1987.
Surgen entonces 141 espacios protegidos calificados en
las distintas categorías establecidas en la nueva Ley:
Parques (Naturales y Rurales), Reservas Naturales
(Integrales y Especiales), Paisajes Protegidos,
Monumentos Naturales y Sitios de Interés Científico.
Por tanto, el Paisaje Protegido de Tafira es producto de
la recalificación del Parque Natural de Bandama,
incluyéndose en su interior el Monumento Natural de
Bandama. Este cambio se materializa en la redefinición,
tanto de su finalidad de protección como de sus límites,
recogidos en el anexo literal y cartográfico de la Ley
12/1994.
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El medio natural
El espacio delimitado por el Paisaje Protegido se ha
conformado a través de la sucesión de ciclos eruptivos y
erosivos, aunque los rasgos más sobresalientes del relieve
actual derivan de los períodos más recientes de la
actividad volcánica.
Este espacio contiene la representación más extensa del
último gran período eruptivo de Gran Canaria, que se
produce desde el Plioceno Superior (Montaña de Tafira)
hasta las manifestaciones del Ciclo Reciente durante el
Cuaternario (Montaña de La Matanza, Sima de Jinámar, Pico y
Caldera de Bandama).
El Pico y la Caldera de Bandama constituyen un
conjunto de gran valor científico, no en vano fue
declarado por el Instituto Tecnológico Geominero de
España como Punto de Interés Geológico. Durante su
formación, hace aproximadamente 5.000 años, se
combinaron mecanismos eruptivos diferentes, lo que
originó dos estructuras morfológicamente distintas. Así, el
Pico es producto de una actividad de tipo estromboliano,
que construyó un cono de cinder de 220 metros de alto,
con un cráter en herradura abierto hacia el NO; mientras
que la Caldera constituye un maar originado por procesos
freatomagmáticos, con unas dimensiones máximas de 1.000 metros
de diámetro y 200 metros de alto. Ambos edificios depositaron
un manto de lapillis con un espesor medio de 4 metros,
constituyendo el campo de piroclastos más extenso de la
isla.
Durante esta fase, se genera un gran volumen de
materiales que, a grandes rasgos, no produce modificaciones
sustanciales sobre las morfoestructuras, aunque
sí sobre las formas de detalle, aumentando los volúmenes,
suavizando las pendientes o fosilizando los relieves
preexistentes.
Como hemos visto, por su situación y orientación, el
Paisaje Protegido se localiza, según parámetros
bioclimáticos, en el piso termocanario, que es el área
potencial de la vegetación termófila.
Una vez finalizadas las fases de construcción volcánica,
todo el espacio se cubrió por una densa formación
termoesclerófila dominada por el acebuche (Olea
europaea ssp. cerasiformis) y el lentisco (Pistacia
lentiscus), que se extendía hacia el noroeste desde Telde
hasta las formaciones de monteverde del Monte Doramas.
Este bosque, denominado el "Monte Lentiscal", fue
intensamente aprovechado desde las primeras fases de
colonización de la isla tras la conquista, produciéndose su
total desaparición a finales del siglo XVIII debido a las
talas abusivas para el leñeo, los incendios y las grandes
roturaciones de tierras para el cultivo.
Actualmente existen reductos relictuales de acebuches
y lentiscos en laderas de fuerte pendiente, en el barranco
de Las Goteras, en pequeños barranquillos, en el interior
de La Caldera y recolonizando vigorosamente los campos
y terrazas de cultivos abandonados. Otros elementos
arbóreos de tipo termófilo pueden observarse en las partes
inferiores de las laderas y cauces de los barrancos, como
la palmera (Phoenix canariensis) y, ocasionalmente, el
almácigo (Pistacia atlantica), junto con matorrales de
cardonal-tabaibal en las zonas bajas del Paisaje Protegido.
De importancia por su extensión y por su capacidad
para recolonizar antiguos terrenos de cultivo y los mantos
de picón, es el matorral de sustitución dominado por la
vinagrera (Rumex lunaria).
La Caldera de Bandama de entre todo el conjunto, presenta
una especial relevancia, ya que en su interior se encuentran
representadas las distintas comunidades vegetales presentes en
todo el Paisaje Protegido, en muy buen estado de
conservación, junto con especies de características más húmedas
poco frecuentes en la isla, como Sideroxylon marmulano,
Pleiomeris canariensis e Isoplexis isabelliana. Asimismo, La
Caldera constituye el lugar de mayor interés faunístico,
especialmente en cuanto a aves se refiere, encontrando en ella un
hábitat relativamente aislado para desarrollar sus ciclos
biológicos.
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El bosquete termófilo existente en el interior de la Caldera de Bandama coloniza firmemente su fondo desde los torrentes excavados en sus paredes
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El acebuchal es la formación arbórea más característica del Paisaje Protegido de Tafira (Barranco de Las Goteras)
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El paisaje atropizado
Desde la época prehispánica este espacio ha sido ocupado
por asentamientos de población, cuyos restos aparecen ligados
a las condiciones físicas del lugar, así como a la disponibilidad
de los recursos, por lo que generalmente se sitúan sobre lomas
o laderas escarpadas aprovechando las oquedades naturales. Los
yacimientos arqueológicos identificados corresponden a cuevas de
habitación y graneros, como los conjuntos de la Audiencia en
la Montaña de Tafira, de la Atalaya de Santa Brígida y de la
Matanza al pie del lugar conocido por Las Patrocinias. Por su
singularidad tienen especial significación los petroglifos de la
Cueva de los Canarios en la Caldera de Bandama.
Dada la naturaleza del suelo, los aprovechamientos se
limitaron durante mucho tiempo -prácticamente hasta
mediados de nuestro siglo- al cultivo de la vid, a la producción
de vino y a la localización de viviendas destinadas a residencia
de verano. Con ello apareció sobre el territorio de
Tafira-Bandama una nueva estructura que se superpuso al
terreno sin grandes modificaciones de la topografía existente,
cuyos componentes fundamentales, atendiendo a su incidencia
en el paisaje, son las redes viaria e hidráulica, las edificaciones
ligadas a la producción del vino (lagares y bodegas de
tipología rústica tradicional, constituidas por naves de una
crujía, más o menos alargada y en algunos casos cubiertas de
teja) y las construcciones residenciales (normalmente casas
solariegas de tipo canario y de otras tipologías pero con
cuidados diseños).
Este espacio mantuvo su fisonomía sin transformaciones en
los cultivos y con escasa aparición de nuevas edificaciones
residenciales, en torno a la loma de Tafira, ligada a la
carretera C-811 de Las Palmas de Gran Canaria a Santa Brígida
hasta que, en los años 60 y principios de los 70, este proceso
edificatorio adquiere gran desarrollo debido a la mejora de la
accesibilidad con el trazado de la autovía desde Las Palmas de
Gran Canaria hasta Tafira Baja, que favorece el establecimiento
de viviendas de carácter permanente. La consecuencia más importante
de este fenómeno es que en este momento existan dentro del Paisaje
Protegido catorce núcleos de población, mas o menos consolidados,
albergando aproximadamente 4.000 habitantes, lo que lo convierte
probablemente en el espacio más densamente poblado de toda
la Red Canaria de Espacios Naturales Protegidos.
De esta forma, las actividades agrarias han sido sustituidas
por otras de índole terciaria, manteniéndose en cultivo
pequeñas explotaciones de carácter familiar y de autoconsumo
(hortalizas, herbáceas, frutales, etc.) o para el consumo local.
A pesar de ello, todavía existen medianas y grandes
explotaciones de vid, que producen globalmente en torno a los
600.000 kg. de uva de variedades como Malvasía, Listán blanca,
Negra común, Listán negra, Moscatel, Breval y cuyos
propietarios formaron en 1994 la Asociación
de Viticultores y Bodegueros del Monte Lentiscal, teniendo
como finalidad prioritaria la obtención de la Denominación
de Origen para los vinos del Monte.
Todas estas actividades han configurado un paisaje de mantices
muy variados, cuya percepción y dominio de
sus componentes es radicalmente distinto según el punto en
que se sitúe el observador dentro de este espacio. Allí donde
la presencia humana ha sido escasa, lejana en el tiempo o
se ha realizado de forma tradicional y compatible con los
recursos naturales se conservan los rincones de mayor belleza
estética, en contraposición con aquellos donde esta presencia
se ha manifestado de forma tangible, bien por la ocupación
directa del territorio o bien por la explotación desmedida
de sus recursos, originando espacios antropizados de escasa
integración paisajística.
En este sentido, los efectos más negativos e importantes
resultantes de la ocupación humana lo constituyen los bordes
urbanos y sus propias edificaciones, así como las redes de
infraestructuras, especialmente la viaria.
También se ha detectado toda una serie de impactos de
diversa índole, que aunque de menor envergadura que los
anteriores, su presencia se encuentra generalizada por
todo este espacio afectando negativamente a la calidad visual
del paisaje. Se trata de extracciones de picón, muros de cerramiento,
muros de hormigón, taludes, vertidos fecales,
escombros, y grandes edificaciones, entre los más
importantes.
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La Atalaya de Santa Brígida, levantada sobre un asentamiento aborigen, constituyó el centro alfarero más importante de la isla
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La denominada Casa de Acialcázar constituye una de las mejores muestras de la arquitectura tradicional canaria, presente en este espacio
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