Gobierno de Canarias

EUS

Estás en:

Revista de Medio Ambiente



Onofre de la Coba Gamón

Geógrafo. Gesplan, S.A.




Revista 0 / Año 1996




El paisaje protegido de Tafira




El Paisaje Protegido de Tafira ocupa una superficie de 14'85 km2, en el cuadrante nororiental de la isla de Gran Canaria, afectando a los municipios de Santa Brígida (en aproximadamente un 20'7% del término municipal), Las Palmas de Gran Canaria (7,3%) y Telde (1'8%). Sus límites dibujan una especie de triángulo cuyos vértices son la Montaña de Tafira al norte, la Montaña de La Matanza al sureste y los Riscos de la Vieja (próximos a La Atalaya de Santa Brígida) al suroeste.

Su orientación abierta hacia el NE posibilita la influencia directa de los vientos alisios durante la mayor parte del año, lo que unido a su posición altitudinal en una zona de transición entre la franja costera y las medianías, han determinado unas condiciones climáticas templadas, con veranos suaves e inviernos frescos.

La bondad climática, la riqueza de sus recursos naturales y la belleza paisajística del entorno pronto convirtieron este espacio en un lugar preferente para el establecimiento de asentamientos de población, lo que se tradujo en un intenso aprovechamiento de sus recursos. Esta circunstancia ha generado la degradación de sus cualidades ambientales, en un proceso que aún hoy se ve incrementado por el desarrollo urbanístico de las últimas décadas, explicado por la situación limítrofe de este espacio respecto a los ámbitos urbanos de tres términos municipales -cuyas poblaciones suponen el 66% de la población total insular- y porque desde el punto de vista funcional se encuentra inserto en el área metropolitana de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.

No obstante, a pesar de la alteración sufrida a lo largo de la historia, este espacio aún alberga valores naturales, culturales y estéticos que fundamentan su protección especial.


Visión general de la parte septentrional del Paisaje protegido de Tafira, con el Pico de Bandama al fondo
(55373 bytes)

El marco jurídico


La Ley 12/1994, de 19 de diciembre, de Espacios Naturales de Canarias, aprobada por el Parlamento canario el 16 de noviembre de 1994, recalificó los 70 Parajes Naturales de Interés Nacional y los 34 Parques Naturales declarados al amparo de la anterior Ley de 1987.

Surgen entonces 141 espacios protegidos calificados en las distintas categorías establecidas en la nueva Ley: Parques (Naturales y Rurales), Reservas Naturales (Integrales y Especiales), Paisajes Protegidos, Monumentos Naturales y Sitios de Interés Científico.

Por tanto, el Paisaje Protegido de Tafira es producto de la recalificación del Parque Natural de Bandama, incluyéndose en su interior el Monumento Natural de Bandama. Este cambio se materializa en la redefinición, tanto de su finalidad de protección como de sus límites, recogidos en el anexo literal y cartográfico de la Ley 12/1994.

El medio natural


El espacio delimitado por el Paisaje Protegido se ha conformado a través de la sucesión de ciclos eruptivos y erosivos, aunque los rasgos más sobresalientes del relieve actual derivan de los períodos más recientes de la actividad volcánica.

Este espacio contiene la representación más extensa del último gran período eruptivo de Gran Canaria, que se produce desde el Plioceno Superior (Montaña de Tafira) hasta las manifestaciones del Ciclo Reciente durante el Cuaternario (Montaña de La Matanza, Sima de Jinámar, Pico y Caldera de Bandama).

El Pico y la Caldera de Bandama constituyen un conjunto de gran valor científico, no en vano fue declarado por el Instituto Tecnológico Geominero de España como Punto de Interés Geológico. Durante su formación, hace aproximadamente 5.000 años, se combinaron mecanismos eruptivos diferentes, lo que originó dos estructuras morfológicamente distintas. Así, el Pico es producto de una actividad de tipo estromboliano, que construyó un cono de cinder de 220 metros de alto, con un cráter en herradura abierto hacia el NO; mientras que la Caldera constituye un maar originado por procesos freatomagmáticos, con unas dimensiones máximas de 1.000 metros de diámetro y 200 metros de alto. Ambos edificios depositaron un manto de lapillis con un espesor medio de 4 metros, constituyendo el campo de piroclastos más extenso de la isla.

Durante esta fase, se genera un gran volumen de materiales que, a grandes rasgos, no produce modificaciones sustanciales sobre las morfoestructuras, aunque sí sobre las formas de detalle, aumentando los volúmenes, suavizando las pendientes o fosilizando los relieves preexistentes.

Como hemos visto, por su situación y orientación, el Paisaje Protegido se localiza, según parámetros bioclimáticos, en el piso termocanario, que es el área potencial de la vegetación termófila.

Una vez finalizadas las fases de construcción volcánica, todo el espacio se cubrió por una densa formación termoesclerófila dominada por el acebuche (Olea europaea ssp. cerasiformis) y el lentisco (Pistacia lentiscus), que se extendía hacia el noroeste desde Telde hasta las formaciones de monteverde del Monte Doramas. Este bosque, denominado el "Monte Lentiscal", fue intensamente aprovechado desde las primeras fases de colonización de la isla tras la conquista, produciéndose su total desaparición a finales del siglo XVIII debido a las talas abusivas para el leñeo, los incendios y las grandes roturaciones de tierras para el cultivo.

Actualmente existen reductos relictuales de acebuches y lentiscos en laderas de fuerte pendiente, en el barranco de Las Goteras, en pequeños barranquillos, en el interior de La Caldera y recolonizando vigorosamente los campos y terrazas de cultivos abandonados. Otros elementos arbóreos de tipo termófilo pueden observarse en las partes inferiores de las laderas y cauces de los barrancos, como la palmera (Phoenix canariensis) y, ocasionalmente, el almácigo (Pistacia atlantica), junto con matorrales de cardonal-tabaibal en las zonas bajas del Paisaje Protegido.

De importancia por su extensión y por su capacidad para recolonizar antiguos terrenos de cultivo y los mantos de picón, es el matorral de sustitución dominado por la vinagrera (Rumex lunaria).

La Caldera de Bandama de entre todo el conjunto, presenta una especial relevancia, ya que en su interior se encuentran representadas las distintas comunidades vegetales presentes en todo el Paisaje Protegido, en muy buen estado de conservación, junto con especies de características más húmedas poco frecuentes en la isla, como Sideroxylon marmulano, Pleiomeris canariensis e Isoplexis isabelliana. Asimismo, La Caldera constituye el lugar de mayor interés faunístico, especialmente en cuanto a aves se refiere, encontrando en ella un hábitat relativamente aislado para desarrollar sus ciclos biológicos.


El bosquete termófilo existente en el interior de la Caldera de Bandama coloniza firmemente su fondo desde los torrentes excavados en sus paredes
(84349 bytes)


El acebuchal es la formación arbórea más característica del Paisaje Protegido de Tafira (Barranco de Las Goteras)
(85197 bytes)

El paisaje atropizado


Desde la época prehispánica este espacio ha sido ocupado por asentamientos de población, cuyos restos aparecen ligados a las condiciones físicas del lugar, así como a la disponibilidad de los recursos, por lo que generalmente se sitúan sobre lomas o laderas escarpadas aprovechando las oquedades naturales. Los yacimientos arqueológicos identificados corresponden a cuevas de habitación y graneros, como los conjuntos de la Audiencia en la Montaña de Tafira, de la Atalaya de Santa Brígida y de la Matanza al pie del lugar conocido por Las Patrocinias. Por su singularidad tienen especial significación los petroglifos de la Cueva de los Canarios en la Caldera de Bandama.

Dada la naturaleza del suelo, los aprovechamientos se limitaron durante mucho tiempo -prácticamente hasta mediados de nuestro siglo- al cultivo de la vid, a la producción de vino y a la localización de viviendas destinadas a residencia de verano. Con ello apareció sobre el territorio de Tafira-Bandama una nueva estructura que se superpuso al terreno sin grandes modificaciones de la topografía existente, cuyos componentes fundamentales, atendiendo a su incidencia en el paisaje, son las redes viaria e hidráulica, las edificaciones ligadas a la producción del vino (lagares y bodegas de tipología rústica tradicional, constituidas por naves de una crujía, más o menos alargada y en algunos casos cubiertas de teja) y las construcciones residenciales (normalmente casas solariegas de tipo canario y de otras tipologías pero con cuidados diseños).

Este espacio mantuvo su fisonomía sin transformaciones en los cultivos y con escasa aparición de nuevas edificaciones residenciales, en torno a la loma de Tafira, ligada a la carretera C-811 de Las Palmas de Gran Canaria a Santa Brígida hasta que, en los años 60 y principios de los 70, este proceso edificatorio adquiere gran desarrollo debido a la mejora de la accesibilidad con el trazado de la autovía desde Las Palmas de Gran Canaria hasta Tafira Baja, que favorece el establecimiento de viviendas de carácter permanente. La consecuencia más importante de este fenómeno es que en este momento existan dentro del Paisaje Protegido catorce núcleos de población, mas o menos consolidados, albergando aproximadamente 4.000 habitantes, lo que lo convierte probablemente en el espacio más densamente poblado de toda la Red Canaria de Espacios Naturales Protegidos.

De esta forma, las actividades agrarias han sido sustituidas por otras de índole terciaria, manteniéndose en cultivo pequeñas explotaciones de carácter familiar y de autoconsumo (hortalizas, herbáceas, frutales, etc.) o para el consumo local. A pesar de ello, todavía existen medianas y grandes explotaciones de vid, que producen globalmente en torno a los 600.000 kg. de uva de variedades como Malvasía, Listán blanca, Negra común, Listán negra, Moscatel, Breval y cuyos propietarios formaron en 1994 la Asociación de Viticultores y Bodegueros del Monte Lentiscal, teniendo como finalidad prioritaria la obtención de la Denominación de Origen para los vinos del Monte.

Todas estas actividades han configurado un paisaje de mantices muy variados, cuya percepción y dominio de sus componentes es radicalmente distinto según el punto en que se sitúe el observador dentro de este espacio. Allí donde la presencia humana ha sido escasa, lejana en el tiempo o se ha realizado de forma tradicional y compatible con los recursos naturales se conservan los rincones de mayor belleza estética, en contraposición con aquellos donde esta presencia se ha manifestado de forma tangible, bien por la ocupación directa del territorio o bien por la explotación desmedida de sus recursos, originando espacios antropizados de escasa integración paisajística.

En este sentido, los efectos más negativos e importantes resultantes de la ocupación humana lo constituyen los bordes urbanos y sus propias edificaciones, así como las redes de infraestructuras, especialmente la viaria.

También se ha detectado toda una serie de impactos de diversa índole, que aunque de menor envergadura que los anteriores, su presencia se encuentra generalizada por todo este espacio afectando negativamente a la calidad visual del paisaje. Se trata de extracciones de picón, muros de cerramiento, muros de hormigón, taludes, vertidos fecales, escombros, y grandes edificaciones, entre los más importantes.


La Atalaya de Santa Brígida, levantada sobre un asentamiento aborigen, constituyó el centro alfarero más importante de la isla
(87963 bytes)


La denominada Casa de Acialcázar constituye una de las mejores muestras de la arquitectura tradicional canaria, presente en este espacio
(84184 bytes)

La conservación
 

© Gobierno de Canarias