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Mirando hacia atrás sin ira: prohibido ser sensible ante el Medio Ambiente
Dedicatoria: a todos/as aquéllos/as que han sufrido en su cuerpo y espíritu la incomprensión y la intolerancia de la oficialidad más presuntuosa y prepotente
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En 1969, algo nervioso pero ilusionado, me acercaba a la antigua puerta que daba acceso a la vivienda, hoy inexistente, que Sventenius disfrutaba, desde los años cincuenta, en el Jardín de Aclimatación de La Orotava. En mis brazos, una pequeña carpeta con algunas plantas para mí difíciles de identificar, fruto de mis primeras correrías por las islas, que quería mostrar al solitario investigador, durante casi 30 años, de los tesoros vegetales de nuestras islas. Poco podía sospechar yo que, entre ellas, se encontraban cosas tan inesperadas que hicieron exclamar al entrañable cincuentón "usted ha encontrado cosas muy interesantes". Entre las plantas se hallaba una nueva, por entonces Centaurea de la isla de La Palma, que acabó llamándose Cheirolophus sventenii (Santos) Kunk., y el todavía inédito Argyranthemum vincentii que Humphries, en su revisión del género (1976), confundió con el A. foneniculaceum y que el propio Sventenius no supo interpretar correctamente. Las consecuencias de esta visita son difícilmente imaginables para el lector. La parte positiva fue una gran satisfacción personal: acababa de recibir la confirmación botánica y la amistad del por entonces mejor conocedor de la flora canaria. La parte negativa seguirá, de momento, en la penumbra, pero el porvenir de la botánica canaria quizás habría sido algo diferente si todo hubiera sido positivo. Disculpen los lectores que este pequeño misterio deba permanecer aún inédito.
Pocos años después, en 1972, ya terminada la licenciatura de Ciencias Biológicas, una nueva prueba se interpuso en mi camino hacia el conocimiento y defensa del medio ambiente canario: arruís y muflones iban a ser soltados en los parques nacionales canarios de Taburiente y el Teide. ¿Será una equivocación de ICONA?, me preguntaba. En qué cabeza cabía tan disparatada idea con las previsibles consecuencias que hoy padecemos, aunque algún cazador se empeñe en querer hacernos ver, inútilmente, que esos animales llevan aquí varios cientos de años y que se alimentan del aire, según el portavoz de los cazadores, ya que no hacen daño a la flora. Como herbívoros que son, no tienen más remedio que comer y destrozar lo que tienen a su alcance, endemismos canarios incluyendo "violetas" y la aún más rara "hierba conejera", según he podido comprobar en directo. Intentaba convencerme a mí mismo de que esa descabellada propuesta no era factible, pero la evidencia hizo que me lanzara a escribir un artículo, publicado en El Día, hace casi 30 años, en contra de tal medida. ¡Inocente de mí! Una vez más, otro escollo se interponía en el camino al intentar interferir, en este caso, en los mandatos del entonces jefe nacional de Parques Nacionales. Y todavía hoy siguen las confrontaciones, al intentar una erradicación, en contra de intereses muy particulares, que va a favor de la protección de un patrimonio canario, único en el mundo y por tanto irremplazable, que todos tenemos el deber de conservar, incluidos los cazadores.
Dos posturas, dos vías de comportamiento que me siguen pareciendo imprescindibles de cara a la conservación de nuestro medio ambiente: profundización en su conocimiento y honesta pública defensa del mismo, al margen de intereses particulares o políticos. Difíciles caminos para todos aquéllos, pobres de espíritu o constructores de torres de barro y de marfil, deseosos de alcanzar la cúspide.
Es evidente que algo más de 30 años de trabajo intensivo de pateo por las islas y fuera de ellas dan para bastante. La gozosa posibilidad de disfrutar de su naturaleza, de muchos rincones ya desaparecidos o irreconocibles en la actualidad pero, además, con la satisfacción de seguir contribuyendo al conocimiento de nuestra biodiversidad. Nuevamente, la parte negativa, tiempo más que suficiente para ver la cantidad de atropellos, muchos de ellos innecesarios o evitables a tan rico patrimonio: reforestaciones improcedentes, talas indiscriminadas, vertidos (aún frecuentes) que violan muchas de las leyes de protección al patrimonio natural canario, incendios provocados, tratamiento de taludes y márgenes de dudosa efectividad o conveniencia, falta de conciencia ciudadana, y un largo etcétera que muchos conocemos y observamos con demasiada frecuencia.
Hasta hoy, mientras resuena por los aires la palabra moratoria, cual chiste macabro después de tanto desaguisado, aún continúa la evidente falta de cultura a todos los niveles del escalafón ciudadano y, particularmente, la incapacidad de valorar, para muchos, el paraíso en el que nos ha tocado vivir. Ello nos lleva, diariamente, a la pérdida irreparable de numerosas parcelas que, sumadas en conjunto, dan una superficie, de nuestro territorio, nada despreciable. Ese afán desmedido de seguir acumulando riquezas, innecesarias en muchos casos, cual animales sedientos de devorar todo el espacio disponible en el menor tiempo posible. Da la impresión de que muchos inversores están convencidos de que serán inmortales, que la ciencia va a conseguir prolongar por largo tiempo sus vidas o quizás más de uno está pensando ya en la clonación. No lo dudo.
A ellos poco se les puede pedir, "poderoso señor es don dinero" y poco generoso por lo general, pero desde luego sí a nuestras autoridades, verdaderos responsables, "elegidos por el pueblo" para, entre otras cosas, salvaguardar ese patrimonio del cual, en buena parte, depende nuestra cotidiana calidad de vida.
Sin embargo, a pesar de los logros conseguidos, algunas leyes de protección, más o menos efectivas de espacios naturales, y el aumento de personal dedicado a la gestión y conservación del medio natural, creo que la falta de coordinación entre las distintas administraciones y el carácter de "reyezuelos" que aún detentan algunos, están poniendo numerosos impedimentos a una mejor gestión de los recursos naturales. Con ello no sólo dan al traste con un tiempo precioso para su protección, sino que van creando un malestar, una insensibilidad, un cansancio y una conciencia popular totalmente en contra o poco favorable a una participación activa de dicha protección. Por eso, siempre he considerado que una de las formas más eficaces de crear la imprescindible conciencia de respeto al medio ambiente -que sustenta nuestros cuerpos y anima a nuestro espíritu en muchas ocasiones- es el ejemplo que desde los organismos oficiales se pueda dar. Sin embargo, esto es muchas veces difícil de poder observar en numerosas obras públicas, en posturas intransigentes, en gestiones sustentadas por el efímero poder y la cabezonería, que hipotecan o destruyen parte de nuestro medio natural más valioso. Al mismo tiempo, se ponen impedimentos a los servidores de la ciencia para que ese patrimonio se pueda conocer mejor antes de que las propias actuaciones oficiales contribuyan, en parte, a su degradación.
Qué lamentable que hayamos tenido que recurrir a "acotar", en los absurdos (¿pero necesarios?) papeles, una considerable superficie de nuestro territorio para que no caiga bajo la codicia de especuladores, malos administradores públicos o desaprensivas manos privadas cultas o incultas. Poco a poco, se puede ir sintiendo que el paraíso puede convertirse en una hermosa cárcel, cuando ves tantas prohibiciones, cuando tienes que pagar 500 pesetas sin recibir ningún servicio a cambio, por atravesar unos kilómetros de horrorosa pista que te lleva a las playas del sudeste de Lanzarote. Allí, los tesoros históricos, testigos mudos de nuestro cambio histórico, eran por lo menos hasta fechas recientes, los basureros locales.
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El cardón es una de las especies endémicas de las islas
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El patrimonio natural de las islas tiene un valor incalculable
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Pequeñas luces en una oscuridad mezquina
A pesar de todo, algunos cambios positivos parecen que se vislumbran pero, desde luego, son pequeñas luces en una oscuridad mezquina, falta de mucha tolerancia y diálogo o incluso de conocimientos, fruto de un reparto de poderes que muchas veces no son correctamente desarrollados. Múltiples ejemplos podríamos poner en nuestras islas, entre ellos el uso indebido de la flora, endémica o no, en jardinería. Pero, ¿es que realmente le importan a algunos cargos la contaminación genética, la pérdida de biodiversidad o la extinción de alguna de nuestras 570 especies vegetales endémicas? Desde luego, no parece así a juzgar por los ejemplos que vemos. ¿Cómo si no se permite, y no se busca una solución, a los destrozos que una manada de cabras causa al rico patrimonio, no del todo conocido, de los impresionantes riscos de Tamadaba, una de nuestras catedrales de la naturaleza canaria? ¿Será necesaria una nueva manifestación popular? ¿Habrá suficiente conciencia para ello? ¿Estará dispuesto el Cabildo grancanario, que tanto celo pone en otras actividades insulares, o las personas sensibles de esa isla a su convocatoria? ¿Qué podríamos decir del millonario (en edad) patrimonio de los riscos y cumbres de Jandía, donde los últimos restos de su suelo, con su interesantísimo patrimonio biológico (flora y fauna), cuelgan como auténticos muñones agonizantes en sus impresionantes paredones? ¿Asustados quizás por el desarrollo turístico que se desarrolla a sus pies y de la impasibilidad de autoridades por controlar algunas decenas de cabras? ¿Por qué se vierten, una vez más, escombros que arrasan las laderas de los esplendorosos barrancos palmeros (y otros muchos lugares del Archipiélago) en obras oficiales? ¿Por qué se siembran, por parte de organismos públicos, leguminosas foráneas en los bordes de las carreteras gomeras que comienzan a crear problemas por su capacidad enorme de dispersión y colonización? ¿Cómo se están arrasando diariamente, en los últimos meses, grandes extensiones de los sureños tabaibales y cardonales tinerfeños, para sustituirlos, cual maquillaje, en algunos pequeños espacios recuperados, públicos o privados, con la siembra de cardones del África oriental? ¿Cómo es posible, y yo también aplaudí ignorante, que se premie, a la empresa Elmasa, por "reverdecer" el sur de Gran Canaria, destruyendo su potencial natural, al regar, con miles de litros de aguas depuradas, los cardonales que rodean las zonas turísticas de San Agustín-Maspalomas destruyendo un paisaje único en el mundo? ¿A dónde vas Lanzarote, permitiendo los asentamientos de viviendas en las laderas de tus volcanes (Playa Blanca, por ejemplo), imitando el triste espectáculo del volcán Chayofita (Los Cristianos) en Tenerife? Cómo no va a tener razón Saramago al predicar, en los maravillosos desiertos conejeros, su asistencia a la segunda muerte de César Manrique, esta vez a manos de muchos, en parte deudores de su bienestar. Y tú, Fuerteventura, cómo cierras las puertas a la renovación de tus magníficos arenales norteños con las construcciones de Corralejo, ¿es que te falta territorio para desarrollarte?
Es difícil imaginar el derroche de esfuerzos y de dineros en acciones, de antemano absurdas, tendentes al fracaso más seguro, con lo que implica, además de destrozos en ambientes naturales relativamente bien conservados. Tales podrían ser los bosques de laurisilva de Teno o los retamares de Las Cañadas, parcialmente reforestados con pino insigne o cedros africanos y, afortunadamente, ya erradicados, al igual que debería ocurrir, urgentemente, en otros lugares de nuestro territorio. Pero, cómo evaluar lo que supone todo esto frente al propio personal, que tiene que realizar dichas obras (aún frecuentes en demasiados lugares), y a la mentalización de la conciencia ciudadana, harta o insensible ya de tanto desaguisado. Creo que va siendo hora de que actuaciones tan conflictivas como las reseñadas sean debidamente tratadas con antelación por equipos asesores de los propios organismos implicados o del exterior, si es necesario. Hasta hoy, no se había dispuesto de tanto dinero, información y técnicos concienciados en estos problemas para llevar a cabo sus actuaciones. Aún con la mejor intención, se pueden cometer disparates que generan problemas inmediatos o futuros, de resultados impredecibles y conflictivos. Diversos conflictos se están observando o gestando ya con el empleo inadecuado de plantas de jardinería, como la introducción de nuevas plagas, problemas genéticos de conservación, asilvestramiento de especies nocivas, modificación de hábitats. Otros pueden derivar del transporte de materiales y maquinaria de construcción, portadores de semillas, o de las repoblaciones y reintroducciones efectuadas sin control genético del material que se utiliza, por citar algunos.
Ejemplos diarios sobran para ir reconociendo la agonía de este territorio único. Quizás era demasiado bello, demasiado armonioso, para esta sociedad consumista que nos domina, como los impresionantes tabaibales-cardonales que, día tras día, van desapareciendo en los alrededores de Las Galletas y que, aún así, siguen testimoniando su belleza y su interés a pesar de todos los escombros y basuras que van cubriendo sus restos. Por si fueran pocos, y resulta fácilmente comprensible, día a día nuevos problemas se van añadiendo a los ya existentes y, aunque su evidencia y necesidad de control se hacen necesarios y urgentes, tales actuaciones son tan tímidas o tardías que, cuando llegan, puede ser demasiado tarde. Esto está pasando con el control de la gramínea africana ("rabo de gato", Pennisetum setaceum) tan nociva en ambientes mediterráneos. Es fácil de controlar en sus primeros momentos de instalación, pero muy difícil o imposible en la actualidad, en numerosos barrancos, laderas y riscos que han recibido la dispersión de millones de semillas. Si alguno duda de su poder de agresión y de las consecuencias que su falta de control suponen al medio natural, pueden acercarse y contemplar el lamentable espectáculo, "in crescendo", del noroeste de Gran Canaria ante la inactividad de los responsables insulares de la conservación. Un caso palpable en que las actuaciones oficiales deberían estar en estrecha relación con una buena campaña de sensibilización ciudadana, tímidamente iniciada en el intento, aún por finalizar, del control de esta plaga en la isla de La Palma. Todavía allí, la amenaza para ocupar una buena parte del Parque Nacional sigue vigente, al igual que ocurre en otros espacios "protegidos" como son los Parques Rurales de Teno y Anaga en Tenerife.
En resumen, cuantos más conocimientos acumulamos, y en eso sí que vamos progresando continuamente, más difícil nos resulta asimilar y comprender todo este cúmulo de actuaciones públicas y privadas, especialmente en aquellos territorios protegidos por ley, bien se trate de únicos y frágiles ecosistemas milenarios que han soportado el paso del tiempo y de sus primeros pobladores, como son las cumbres de La Palma, u otros por el contrario tan recientes y significativos, en el paisaje, como es la primera colada histórica de dicha isla (Volcán de Tacande o Montaña Quemada). Este tesoro, de alto valor tanto por su belleza como por su interés científico, hoy se halla destrozado, parcialmente, por mataderos, basureros y diversidad de construcciones.
A pesar de todo, mantenemos la esperanza de cambios significativos cercanos, seguramente porque, a pesar de la leve desazón que nos llega en algunos momentos, seguimos siendo unos ingenuos quijotes que pensamos que todo el mundo es, o debería ser, sensible a la conservación de aquello que le sustenta y le da vida. Quizás faltan unos minutos, de los que se despilfarran frente a la caja tonta, para una pequeña reflexión. Quizás.
La esperanza, aparte del efecto restaurador que algunos volcanes tendrán en el futuro, está en concentrar todos los esfuerzos que se están llevando a cabo en una buena gestión que mire, en primer lugar, a los fines de la conservación del medio ambiente, conjugando las diversas actuaciones oficiales para no desperdiciar esfuerzos y dinero en una batalla absurda de partidismos locales o intereses particulares (también en el mundo científico), que en nada ayudan a la preservación de tan valioso patrimonio. Las frías cifras de cientos de endemismos, plantas y animales, exclusivos de nuestras islas, indican sólo uno de los componentes que conforman unos paisajes y unas unidades insulares que deben tratarse en conjunto, buscando una armonía perdida, con unos adecuados planes de desarrollo que, para muchos sitios de interés, llegan demasiado tarde.
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