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Revista de Medio Ambiente



Carlos Mediavilla
Susana Calvo

Miembro de la Comisión Española de la UICN
Vicepresidenta de la Comisión Internacional de la UICN.




Revista 20 / Año 2001




El Libro Blanco y las estrategias regionales de Educación Ambiental en España




La Educación Ambiental nace como respuesta a los problemas ambientales, con la ilusión por construir un mundo diferente y de la convicción, no sólo de tener razón, sino de que tal cambio es posible. El entusiasmo y las energías que han movilizado esta convicción se han traducido en veinticinco años de acción: campañas, talleres, propuestas, que han ido creando una red de relaciones y una base de experiencias. Así, se ha configurado la Educación Ambiental como una corriente de pensamiento y de acción con carta de naturaleza en el ámbito internacional.

Ya que hablamos de carta, podemos fijar la presentación mundial de la Educación Ambiental en la Carta de Belgrado (NNUU 1975) que afirma que su objetivo es "lograr que la población mundial tenga conciencia del ambiente y se interese por él y por sus problemas conexos y que cuente con los conocimientos, aptitudes, actitudes, motivación y deseo necesarios para trabajar individual y colectivamente en la búsqueda de soluciones a los problemas actuales y para prevenir los que pudieran aparecer en lo sucesivo". Los hitos no son el camino, pero sí nos permiten recorrerlo en la memoria. La Carta de Belgrado nos da la pista del momento en que se está produciendo un punto de inflexión en la concepción del desarrollo: desde el sacrificio de la naturaleza en aras del bienestar humano hacia el desarrollo sostenible, que pretende romper con la idea de que conservación y desarrollo son términos irreconciliables.


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Grandes perspectivas y pasos limitados


Durante estos veinticinco años podemos destacar, con Palmer (1998), la rapidez con que el término Educación Ambiental se ha extendido en todos los países. Los documentos, definiciones, acuerdos internacionales y experiencias desarrollados durante este tiempo son base suficiente para buscar el tiempo, el lugar y la compañía necesarios para reflexionar sobre lo realizado, las dudas, los retos, para seleccionar nuestras prioridades para actuar en adelante. Para ello, es imprescindible también desarrollar la autocrítica. Lucie Sauvé (2000) nos enfrenta al contraste entre lo limitado de los logros de la Educación Ambiental si se comparan con lo ambicioso de sus definiciones.

En las definiciones expresamos nuestra perspectiva, nuestros deseos. En este sentido, deben ser ambiciosas y dar cabida a todo lo realizable. Educan nuestra mirada, la abren a los más amplios horizontes. Sin embargo, la llamada de atención de Sauvé es pertinente, ya que al hacer crecer nuestra mirada no hemos de perder de vista el terreno que estamos recorriendo. Esto nos recuerda esa canción de Silvio Rodríguez sobre los tres hermanos que fueron saliendo sucesivamente a descubrir y a fundar. El tercero de ellos, para compensar los errores de sus hermanos de mirar el uno sólo al horizonte y el otro sólo a su paso, iba con un ojo atento a una cosa y el otro a la otra hasta que su mirada terminó extraviada. No tenemos por qué terminar con la mirada extraviada: en una mirada integrada cabe el horizonte y el paso del caminante. Echemos una mirada a los pasos recorridos.

Hemos señalado la proliferación de reflexiones y acciones durante las décadas pasadas. ¿Por qué hablamos de frustración con respecto a los resultados?. Uno de los mayores problemas que ha impedido que tal cúmulo de energías movilizadas se haya traducido en resultados consolidados es la dispersión de los esfuerzos realizados. Por otra parte, tenemos que ser conscientes de que el cambio que persigue la Educación Ambiental es, en último término, un cambio cultural, más allá de un mero cambio de actitudes concretas. Este empeño se ha intentado llevar a cabo a menudo con falta de rigor en el proceso, falta de formación y capacitación de los educadores ambientales y falta de mecanismos y recursos. Pero, probablemente, el problema más profundo y que, por lo tanto, ataca a la raíz de estos esfuerzos, es de parte de la sociedad la falta de cultura democrática y de participación, que encuentra su correspondencia en la política ambiental que desarrolla procesos de espaldas a los ciudadanos y que sólo tiene en cuenta las herramientas de la Educación Ambiental al final y con un discurso, por ende, alejado de la realidad cotidiana.

El compromiso y la participación


Otro hito en el camino que nos ayude a recorrerlo con nuestra memoria: la Cumbre de la Tierra, en Río de Janeiro, en 1992. Uno de los compromisos asumidos en ella fue el de elaborar estrategias de Educación Ambiental. Este compromiso nos proporciona la oportunidad de abrir un debate sobre cómo llevar a cabo los cambios necesarios en nuestra relación con el ambiente y con las generaciones futuras, al tiempo que nos da la garantía de que no estamos solos en ese empeño. La construcción de estrategias es el marco de reflexión y acción que necesitábamos para catalizar energías que hasta ahora no se traducían en resultados. Ya no estamos hablando de definiciones generales de objetivos como en la Carta de Belgrado, sino de quién lo hace y cómo lo hace. Podemos tener un acuerdo de base: lo hacemos nosotros (todos), desarrollando procesos. Lo que nos permitirá que estemos de acuerdo en esto no es la unanimidad en la opinión, sino la participación.

Se está abriendo paso un nuevo enfoque de la Educación Ambiental que podemos ilustrar con el cambio de términos en cinco aspectos que señala Hesselink. Dicho enfoque insiste en la democratización a través de la adquisición de valores y la construcción de una cultura de protección del medio garantizando la implicación de las personas a través de la capacitación para la participación y potenciando la filosofía del hacer (Baraza, 1998).

La participación está en el corazón de esta nueva concepción, tanto por su posición central como por su capacidad para bombear nuevas energías y dinamizar las ya implicadas. Es necesario abrir nuevos cauces para que los ciudadanos puedan intervenir en las grandes políticas con trascendencia ambiental y no perder la oportunidad de capacitación de los participantes que supone cada proceso (Heras, 1998). Para ello es preciso, por una parte, hacer un esfuerzo de realismo y comenzar por iniciativas viables, cuyo éxito estimule a la continuidad en la acción y, por otra, asumir los conflictos existentes entre los intereses implicados en cada contexto en que se pretende actuar y hacer de su resolución una experiencia de aprendizaje.

El Libro y el proceso


Hemos hablado de hitos que nos ayudan a recorrer caminos en nuestra memoria. Podernos señalar la elaboración del Libro Blanco de la Educación Ambiental en España (1999) en el caso de nuestro país. El Libro Blanco es, antes que un documento o resultado concreto, un proceso que no hubiese sido posible sin la concurrencia de tres elementos. El primero es el compromiso internacional asumido en Río al que ya hemos aludido. El segundo es un proceso de reflexión realizado por los educadores ambientales a lo largo de casi dos décadas, que han ido conformando un colectivo en un proceso de aprendizaje entre iguales desarrollando una cultura común. Su expresión la encontramos en los sucesivos encuentros nacionales (Sitges, 1983; Valsain, 1987; Pamplona, 1998) y en otros ámbitos entre los que queremos destacar las I Jornadas de Educación Ambiental en Canarias (1996). El tercer elemento fue la iniciativa de las administraciones autonómicas y general a través de la Comisión Temática de Educación Ambiental, que abrió en 1998 un amplio proceso de participación articulando la intervención de cinco sectores: la administración local, los medios de comunicación, las ONGs, las empresas de Educación Ambiental y los agentes sociales. Quedó abierto asimismo a aportaciones individuales, reflexiones de colectivos e incluyó un proceso de participación en el sistema educativo formal.

El resultado es un documento con vocación expresa de ser abierto y participativo, que combinando el rigor profesional, la participación pública, la formulación de propuestas realizables, permite ser debatido y consensuado por los diferentes actores y organismos para dar un nuevo impulso a la Educación Ambiental en España. Por ello, el Libro Blanco no se agota en si mismo, es un marco general que requiere que cada comunidad autónoma construya su propia estrategia desde su propio contexto. No se trata de una lógica de desarrollo normativo, ni de establecer planos de competencia, sino de sumar esfuerzos y crecer con cada proceso.

Construir estrategias y liberar fronteras


El término estrategia contiene una potencialidad prometedora porque reúne dos dimensiones humanas que acostumbramos a entender separadas: el pensamiento y la acción. Construir una estrategia supone pensar y actuar, y liberamos de la ficticia frontera entre lo uno y lo otro. Uno de los lemas más utilizados en el movimiento ambientalista, propone "actuar desde lo local, pensar desde lo global". Una lectura limitada de esta consigna reproduciría una separación entre planos superiores que piensan y planos inferiores que actúan. El espíritu de Río no tiene esta vocación jerárquica. El compromiso de elaborar estrategias requiere de la horizontalidad y la suma de esfuerzos. Por ello, tenemos que insistir en que en todos los ámbitos hay que dar espacio a la reflexión y a la acción como aspectos indisolubles de la actividad humana, y mantener una perspectiva en que lo local y lo global estén conectados, como lo están de hecho en la realidad.

En este sentido, en la construcción de estrategias de Educación Ambiental hay que considerar tanto las definiciones y la ambición de los documentos internacionales y nacionales como la dinámica del contexto en el que se van a desarrollar. Parte de este contexto lo constituyen las experiencias ya realizadas, ámbito en el que Canarias tiene mucho que aportar. Trabajar sin tener en cuenta el pasado significa poner una piedra en el camino, en la que estaremos tropezando continuamente.

El fin es compartir los retos y las dudas para plantear nuevas acciones, pero sin olvidar que en el camino está nuestro aprendizaje y que es ese aprendizaje el que nos permite creer que podemos mejorar nuestra relación con el ambiente en el sentido más amplio de la palabra, que incluye también a las personas que convivimos en él.

Estrategias de Educación Ambiental en las Comunidades Autónomas
 

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