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El Lagarto Gigante de El Hierro: reflexiones sobre su recuperación
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Entre las distintas aseveraciones
que podemos encontrar
del término recuperación, la
que nos sugiere el sentido común
es la de volver a tomar o
adquirir lo que se había perdido,
lo que dicho de otro modo
sería volver a la normalidad
después de una crisis. En un
contexto conservacionista, el
término recuperación tiene,
como veremos más adelante,
un significado más estricto.
Hace ya más de un cuarto
de siglo Gallotia simonyi dejó
de ser una especie supuestamente
extinta, y volvió a formar
parte de nuestro patrimonio natural
consciente. Disponíamos,
pues, de una segunda oportunidad
en la que se volvía a disponer
de lo perdido. Algunos pensaron
que volvía la normalidad
tras la crisis y que el lagarto había
sido recuperado de la extinción
a la que ya había sido condenado
por el hombre. Pero,
nada más lejos de la realidad,
ya que el bajo número de individuos
que conformaba esta
población acantonada en un
abrupto despeñadero tampoco
permitía ser demasiado optimista
sobre su futuro.
Por entonces, fue fundamental
el papel desempeñado
por biólogos, naturalistas y
científicos, que alertaron de los
factores que aún amenazaban
la supervivencia de la especie.
Gracias a ellos el entorno sociopolítico
llegó a darse por enterado
del peligro, y juntos empezaron
a devolver al lagarto
gigante de El Hierro a la "normalidad".
Se trataba de acciones
dirigidas a extraerlo de la
situación extrema en la que había
sido encontrado, sin que en
principio se precisara cuál debía
ser esa "normalidad" a la
que se pretendía llegar.
Se empezó por tomar algunas
medidas contundentes,
como el establecimiento de un
sistema de vigilancia y la limitación
de acceso al Risco de Tibataje.
Se pretendía con ello
detener e invertir el acuciante
proceso de regresión sufrido
por la especie, en el que la actividad
humana había tenido
un papel determinante.
Ajustándonos a una secuencia
lógica, el siguiente
paso debía ir encaminado a
asegurar a medio plazo el acervo
genético de la especie, ya
que las medidas adoptadas in
situ no garantizaban aún la supervivencia
de una débil población
que podía verse afectada
gravemente por cualquier
proceso estocástico. En 1985
se contaba ya con suficiente información
sobre la especie para
intentar su reproducción asistida;
ese mismo año se obtuvieron
los primeros juveniles
nacidos en cautividad, tras lo
cual nuevamente podría haberse
pensado que la tan deseada
recuperación se había conseguido.
Pero una vez más
gestores, científicos, políticos
y el conjunto de la sociedad estuvieron
de acuerdo en que no
había que detenerse en ese punto,
ya que nadie deseaba que el
futuro del Lagarto Gigante se
limitara a una reclusión a perpetuidad
tras la seguridad de
los cristales de un terrario.
En consecuencia, se llegó
a reunir en el centro de cría un
número de lagartos nacidos en
cautividad que prácticamente
igualaba a las mejores estimas
hechas hasta entonces en la población
natural. Gracias a estos
animales se pudo profundizar
en el conocimiento de la
biología del lagarto herreño,
especialmente a partir de la entrada
en funcionamiento de las
nuevas instalaciones de Frontera,
popularmente conocidas
como el Lagartario de Guinea.
En ese momento los responsables
del programa de conservación
pensaron que podía
avanzarse un paso más hacia
la consecución de un nuevo objetivo:
la reintroducción del Lagarto
Gigante de El Hierro en
sus antiguos territorios.
No se trataba, evidentemente,
de devolverlo a la situación
idílica que disfrutaba
antes de la llegada del hombre
a la isla, cuando ocupaba esa
franja altitudinal que incluye
litoral y medianías, y en la que
predominaban tabaibas, verodes
y sabinas. No ¡obviamente
no podía pedirse a los herreños
que abandonaran su isla o
sus actividades tradicionales!
Al contrario. Debía buscarse
una solución que beneficiara
tanto a lagartos como a personas.
Además, sería demasiado
injusto olvidar que hace ya
mucho tiempo que los herreños
dejaron de mostrarse reacios
a convivir con ellos y que
en conjunto se han mantenido
totalmente favorables a que la
especie fuera preservada para
las generaciones venideras.
La solución que convenía
a todos pasaba por crear nuevas
poblaciones allí donde la
actividad humana fuese escasa,
donde no provocase efectos
y competencias indeseables
y donde la calidad del medio
fuera suficiente para que estos
lagartos pudieran vivir. Aceptadas
estas premisas se disponía
por fin de una base sobre
qué tipo de normalidad deseábamos
conseguir para el Lagarto
Gigante.
Pero no basta con liberar
lagartos y olvidarse de ellos.
Para conseguir esa situación
normal tan deseada para la población
natural y las reintroducidas,
debíamos conseguir
que éstas fueran capaces de
mantenerse con el menor aporte
de energía/dinero. O por decirlo
de otra manera, cuanto
más estables fueran estas poblaciones
más cerca estaríamos
de recuperar la especie en el
sentido conservacionista del
término. Pero alcanzar este objetivo
no es una tarea fácil.
La primera liberación realizada
con lagartos gigantes de
El Hierro nacidos en cautividad
tuvo lugar en 1996 en el
Sabinar de la Dehesa, una zona
que hasta hace menos de dos
siglos mantenía una población
de Gallotia simonyi. Se trataba
de un seguimiento experimental
de dos machos, que tenía
como objetivo evaluar su
capacidad de adaptación a las
nuevas condiciones de libertad.
Después de varios meses
de seguimiento uno de los lagartos
sería devorado por un
gato y el otro volvería temporalmente
al lagartario en espera
de una nueva suelta. Con
esta experiencia se obtuvo un
enorme volumen de información
que resultaría fundamental
para el programa de reintroducciones.
Este programa
daría comienzo tres años más
tarde en distintos puntos de la
isla alejados de las poblaciones
y habitaciones humanas.
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Ejemplar de Gallotia simonyi
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En 1999 se introdujeron en el Roque Chico de Salmor 21 ejemplares
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Las reintroducciones
El programa de reintroducción
del Lagarto Gigante
de El Hierro se iniciaría en febrero
de 1999 con la liberación
en el Roque Chico de Salmor
de veintiún ejemplares nacidos
en cautividad. Se eligió este pequeño
y aparentemente inhóspito
islote de la costa septentrional
de la isla por haber sido
el último hábitat conocido de
la especie hasta su redescubrimiento.
La suelta en el Roque
también gozaba de la aceptación
popular y no presentaba
rastro alguno de la presencia
de gatos o ratas. Por desgracia,
su escasa cobertura vegetal hacía
albergar algunas dudas sobre
su viabilidad, y su reducida
superficie limitaba su teórica
capacidad de carga a una treintena
de individuos adultos.
Hasta el momento se han
liberado en el Roque Chico 36
ejemplares que, en general, se
han adaptado bien a su nueva
vida. En los últimos tres años
la mortalidad ha sido escasa, la
tasa de crecimiento se ha mantenido
similar a la registrada en
el Lagartario y muy superior
a la de la población natural;
también existen evidencias de
puestas en varias hembras y se
ha constatado la presencia de
al menos un individuo nacido
en libertad. Ni siquiera la raquítica
disponibilidad de recursos
vegetales ha supuesto
finalmente un problema, ya
que los lagartos han aprovechado
durante estos años buena
parte de la materia orgánica
aportada por las aves marinas
que anidan en el Roque Chico,
comportándose más como carroñeros
eficientes que como
herbívoros.
A la reintroducción del Roque
le siguió unos meses más
tarde la realizada en las proximidades
de los conocidos petroglifos
bimbaches de El
Julan, una zona de fuertes pendientes
situada en la vertiente
suroccidental de la isla. Después
de una fase experimental
en la que se siguieron muy de
cerca las evoluciones de una
docena de individuos y de que
se limitara fuertemente el acceso
de los gatos cimarrones a
la zona, se llegaron a liberar
cerca de doscientos individuos.
El comportamiento de los
ejemplares fue en general bueno,
especialmente el de los subadultos
de tres años que rápidamente
se adaptaron a las
condiciones del terreno, presentando
un buen estado físico
y tasas de crecimiento algo
más elevadas que las de los lagartos
de la Fuga de Gorreta.
Durante los dos primeros años
se registraron puestas y nacimientos,
aunque también hubo
dos bajas causadas por los gatos.
Después, la población de
El Julán sufriría los efectos de
una riada, en la que en poco
menos de veinticuatro horas
caerían más de 500 l/m2. El
agua diezmó considerablemente
el número de efectivos,
y muchos cadáveres de lagarto
aparecieron a medio enterrar
en las coladas de barro. Pero si
grave debe ser considerada la
pérdida directa de individuos,
aún más importante resultó la
destrucción de caminos, pistas
y de otras infraestructuras que
han dificultado enormemente
el acceso del equipo de trabajo
a la zona. La ausencia de un
control adecuado de los gatos
durante largos periodos de
tiempo y el escaso seguimiento
de la población de lagartos
han determinado que la mortalidad
y la emigración descontrolada
se hayan disparado.
Actualmente se mantienen
en la zona de los Letreros del
Julán sendos dispositivos de
trampeo para gatos y lagartos
con objeto de controlar a los
primeros y censar a los segundos.
Sin embargo, resulta preciso
aclarar que, debido a la dificultad
de acceso a la zona y a
su complicada geomorfología,
la suelta del Julán requiere la
mayor parte de la energía y de
los fondos del programa de
reintroducción del lagarto gigante
de El Hierro, sin que los
resultados sean sin embargo los
mejores.
La tercera de las reintroducciones
realizadas hasta ahora
tuvo lugar en mayo de 2001
en el mismo lugar en el que se
hizo la suelta experimental de
1996: El Sabinar de La Dehesa.
Esta zona se encuentra localizada
en el extremo occidental
de la isla a la que se
accede de forma relativamente
fácil, y en la que existe una
gran disponibilidad de recursos
y refugios, y una población
de gatos cimarrones de densidad
reducida (alrededor de 1.59
gatos/km2). Hasta el momento
ha sido liberado casi un centenar
de lagartos gigantes para lo
que fue necesario establecer un
sistema de control selectivo de
gatos, similar al utilizado en El
Julán, que en ocasiones ha
coincidido en el tiempo con
otro similar dispuesto por el
Cabildo Insular de El Hierro.
En conjunto el control de felinos
se ha mostrado efectivo, un
hecho que se ve reflejado en la
escasa mortalidad observada
entre los lagartos.
Como en los dos primeros
casos, se ha podido comprobar
que el estado físico de los ejemplares
liberados se ha mantenido
dentro de los márgenes de
la normalidad, con tasas de crecimiento
superiores a las de la población de Tibataje (aunque
ligeramente inferiores a la de
los lagartos mantenidos en cautividad
y los del Roque Chico),
con reproducción espontánea
y sin complicaciones, y con visos
de poder mantenerse estable
por tiempo indefinido,
siempre y cuando se le dedique
el esfuerzo continuado de un
pequeño equipo de trabajo.
Aunque puede resultar prematuro
dar una opinión sobre
la viabilidad de esta población
creada hace apenas veinte meses,
resulta evidente que la
suelta realizada en La Dehesa
ha transcurrido por los cauces
esperados.
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Instalaciones del lagartario de El Hierro
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Las Reflexiones
En resumen, el balance que
podemos hacer de estas tres
primeras reintroducciones de
lagartos gigantes debe ser positivo,
con la prudencia que
debe tenerse siempre al trabajar
con especies en las que todo
transcurre lentamente y en las
que cualquier programa de recuperación
debe juzgarse a largo
plazo. Algunos resultados
han sido mejores de lo esperado,
otros por el contrario se han
visto afectados por factores
previstos o imprevistos, y de
toda esta experiencia conviene
sacar conclusiones con las que
diseñar los planes de acción
para el futuro.
Los lagartos de la población
del Roque Chico de Salmor
han respondido correctamente
a las condiciones del
islote, sin que haya habido que
adoptar medidas especiales
para corregir tendencias negativas.
Por eso ha sido una reintroducción
barata y exitosa, y
no sería disparatado por ello ir
pensando en otras liberaciones
similares.
Las experiencias de La Dehesa
y de El Julán permiten
concluir a su vez que una población
de lagartos, fuera de los
islotes, puede mantenerse igualmente
estable, siempre y cuando
el factor gato sea controlado
de forma regular y eficiente.
Sin embargo, esta regularidad
nos deja ante una disyuntiva
importante, ya que la dependencia
continuada de este tipo
de manejo hace que nos alejemos
del principio de mantenimiento
al menor coste posible
que proponíamos al principio,
mientras que la interrupción del
programa se traduciría, como
hemos visto en El Julan, en la
desaparición a corto plazo de
estas poblaciones.
¿Dónde está la solución a
este problema? Obviamente se
puede optar por alternativas aún
no intentadas. Por ejemplo, una
de las conclusiones extraídas
del simposio sobre Lagartos
Gigantes Canarios Amenazados,
celebrado en abril de 2002
en Santa Cruz de Tenerife, recomienda
elegir nuevos sitios
de suelta en los que previamente
se haya limitado el acceso
a los depredadores, como
riscos a los que se dote de barreras
antigatos. Hay que intentarlo,
pero evitando siempre
una atomización indeseable en
micropoblaciones, demasiado
fáciles de extinguir por causas
aleatorias e impredecibles (acuérdense
de la ley de Murphy,
y no es broma), y poco abordables
con un pequeño equipo
de trabajo.
La otra opción no excluyente
consistiría en tomar medidas
para abaratar el control
de los depredadores en las nuevas
poblaciones. Para ello, podríamos
empezar, por ejemplo,
por limitarnos a mantener solamente
aquellas que no requieran
de un esfuerzo excesivo,
recuperando evidentemente
los ejemplares supervivientes
de los programas a extinguir.
En segundo lugar se deberían
tomar medidas urgentes para
involucrar al conjunto de la sociedad
herreña y canaria.
¿Y de qué tipo deben ser
estas medidas? Está claro que
tendríamos que empezar por
convencer a los herreños que,
además de estar orgullosos de
su lagarto, deben jactarse de
disponer de un Plan de Recuperación
para la especie que
pretende ser efectivo, que se
ajusta a la idea de desarrollo no
destructivo que se desea para
la isla y que además crea puestos
de trabajo. También se requieren
otras medidas más concretas,
como la de armonizar
las acciones llevadas a cabo por
diferentes administraciones,
para incrementar de esta manera
su efectividad. Por ejemplo,
sería un acierto que el diseño
de las campañas de
control de depredadores fuera
conjunto, y que se cotejara y
compartiera la información así
obtenida. También sería un
acierto implicar a determinados
colectivos con intereses
concurrentes, como el de los
cazadores de El Hierro, para alcanzar
objetivos comunes tales
como el de abaratar el coste de
un control regular de depredadores:
si entre todos controlamos
la población de gatos, los
cazadores cobrarán más piezas
y todos disfrutaremos de más
poblaciones estables de lagartos
gigantes con un menor gasto
público. Finalmente, sería
conveniente buscar nuevas formas
de financiación de este y
otros proyectos de conservación
como complemento a la
ayuda oficial.
La voluntad de protección
y manejo de una especie depende
de todos nosotros y de
nuestra capacidad de actuación.
También depende de todos nosotros,
en definitiva, elegir el
modelo de manejo que queremos.
Quedarnos mirando sin
hacer nada ante la población de
la Fuga de Gorreta o conformarnos
con mantener lagartos
cautivos son dos opciones fáciles
pero tristes. Intentar llegar
más lejos puede ser un camino
lleno de obstáculos pero
merece la pena intentarlo.
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