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1. INTRODUCCIÓN

Comencemos anotando que el
pueblo conoce y se reconoce en unos sencillos
principios de conocimiento cuando debe afrontar
sus labores. Como explica C. Hallpidke, en este
modelo de sabiduría no intervienen ni la
especulación científica ni la elaboración de
teorías que fundamenten su rigor. Esto es, el
campesino no sabe explicitar, ni tampoco tiene
interés en averiguar las causas que ocasionan un
determinado fenómeno. Sólo le importa ejecutar
los procedimientos adecuados, de tal forma que le
depare los deseados frutos en la época de
cosecha.
Según esto, son escasos
los ejemplos de teorías que expliquen la
naturaleza. En contadas ocasiones podemos
encontrar alguna interpretación mítica de los
fenómenos asociados con el movimiento de la
Tierra y de los astros, de la composición y
estructura de nuestro Planeta o de las causas y
efectos de la transmisión del calor o de la
propagación de la luz. Estas interpretaciones,
que los etnólogos vascos y catalanes han
recopilado en el Norte de la Península (ver
Julio Caro Baroja o Ramón Violant i Simora,
1986), no han sido contrastadas entre los
campesinos y marineros canarios, por cuanto
éstos, además de mostrarse reacios a exponer
sus ideas sobre la realidad física, se
encuentran enteramente contaminados por la
doctrina católica y en poco, o en nada, han
atesorado tradiciones paganas ajenas a ella.
En todo caso, podemos
centrar nuestra atención sólo en la
descripción de las prácticas y técnicas que,
cotidianamente, ejecuta nuestro pueblo. Son
estas, estrategias productivas o formas de
actuación sobre el medio, carentes de cuestiones
especulativas, pero de fácil aplicación y
comprensión. Dichos procedimientos atañen
fundamentalmente a las Ciencias Aplicadas del
estudio de la Naturaleza: Meteorología,
Cronología, Geofísica, Metrología, y otras.
Conocemos al menos dos
formas de transmisión y recopilación del saber
popular. Una, más universal y generalmente
extendida, se expresa con la ayuda de refranes,
proverbios, "aberruntos" y calendarios,
que son conocidos por la mayoría de la
población y que se aplican indistintamente para
valorar la incidencia de las condiciones
naturales en las tareas cotidianas. Otra, de
carácter particular y propia de cada comarca o
región, se recoge en conocimientos específicos,
más elaborados y contrastados científicamente y
es patrimonio singular de ciertas personas,
conocidos y reconocidos como sabios, zahoríes o
adivinadores.
El origen de la
primera de las formas de conocimiento popular y la
génesis de sus estructuras se pierden en la
tradición grecolatina y mediterránea. Refranes
que usan nuestros hombres del campo y de la mar
ya fueron recogidos por Rodrigo Zamorano en su
"Cronología de la razón de los
tiempos", 1594; prácticas adivinatorias y
procedimientos para ejecutar las labores
agrícolas de acuerdo con los movimientos de los
astros se reconocen iguales a los actuales en los
textos de Columella, Vitruvio y Paladio, y
prácticas de predicción meteorológica,
enteramente similares a las que han sido
recopiladas en Canarias (J. L. Concepción, 1996;
F. Navarro Artiles, 1982; J. Padrón Machín,
1989) se encuentran en los textos clásicos de
Alonso de Chaves y Vitruvio. Podemos argumentar,
por tanto, que este conjunto de saberes,
transmitidos de forma oral de generación en
generación, bien en el círculo familiar o con
la intervención de otros oficiantes de la
tradición no escrita, forma parte de un corpus
general, reconocible en todos los ámbitos
geográficos iberoamericanos, y sujetos a escasas
variaciones en su temática, estructura y
aplicación práctica.
Por otra parte, los saberes
populares atesorados por magos, curanderos o
zahoríes se nos muestran específicos de cada
zona. Sus fórmulas adivinatorias o de
predicción son poco o nada conocidas por el
resto de la población. Se ocultan celosamente al
investigador etnográfico, y sólo admiten una
aplicabilidad local. Estos gozan de gran
reconocimiento entre sus vecinos, sus
aseveraciones admiten un alto predicamento
general y son destacados como "sabios".
Difícilmente sabremos descubrir el origen de sus
conocimientos. En opinión de algunos
investigadores (M. Lorenzo Perera, 1983 o J.
Barrios García, 1997) son sucesores de los
adivinos o zahoríes que Fray Alonso de Espinosa
denominara Guanameñes entre los aborígenes
tinerfeños. Mas, habremos de coincidir con don
J. Padrón Machín que estos sabios del pueblo
han adquirido su sabiduría desentrañando todas
las recetas, prácticas de procedencias varias y
remedios con los que se ha enriquecido el acervo
tradicional isleño, ya sean portugueses,
peninsulares o americanos. En todo caso, los
métodos de los hombres sabios de nuestros campos
concitan una general apreciación y en su
práctica cotidiana conocen un rigor y fundamento
muy cercanos a la experiencia científica. La
sabiduría de estos hombres se alimenta en muchas
ocasiones de los conocimientos extraídos de
manuales y libros de Aritmética y Geometría.
Estos textos, sencillos y prácticos, han sido
difundidos en la mayor parte de las escuelas
rurales del Archipiélago, y sus fórmulas y
técnicas operativas han perdurado en la memoria
de aquellos hombres más aptos para el estudio y
la curiosidad.
Como ya comentamos, los
conocimientos populares atañen a las ramas
aplicadas de las ciencias exactas; y, en
particular, a la Metrología, o ciencia de las
Medidas; a la Aritmética, aplicada en
contabilidades mercantiles; a la Meteorología y
a las aplicaciones geofísicas, cartográficas y
de Agrimensura de la Geometría plana y de los
cuerpos sólidos. Detengámonos en describir los
contenidos de la Sabiduría Tradicional Canaria
en cada una de estas materias.
2.
Medida,
Estimación y Cálculo de Magnitudes en la
experiencia cotidiana: la Metrología Tradicional
Las medidas de uso común
en Canarias coincidían, casi por completo, con
aquellas que conquistadores y tratantes
peninsulares introdujeron en épocas de
Conquista. A partir de entonces, los pesos y
medidas premétricas se regularon a través de
Ordenanzas y Disposiciones de los Cabildos; y,
así, lo que en principio constituía un apretado
amasijo de patrones y formas de medición de
orígenes diversos (M. Lobo, 1989), confluyó en
un nuevo Modelo metrológico tradicional, de
carácter eminentemente ergométrico. Su uso
quedó regulado por leyes promulgadas desde la
capital del Reino (Ley de 7 de Enero de 1496,
sancionada por los Reyes Católicos; Pragmática
de 24 de Junio de 1568, firmada por Felipe II;
Real Orden de 26 de Enero de 1801, de Carlos IV);
que imponían una unificación metrológica en
todas las posesiones de la Corona española.

Patrones de
Capacidad para Áridos
Con todo,
siendo las Islas tradicional tierra de
"promisión" frecuentemente visitadas,
pobladas, y , ante todo y sobre todo, gobernadas
por tratantes y comerciantes de orígenes y
procedencia variopintas, a lo largo de la
evolución metrológica isleña aparecen
innumerables unidades procedentes de sistemas
diversos que, en algunos casos, fueron recogidas
por nuestros antepasados, quienes las
incorporaron así a nuestro rico acervo.
En la época actual del
agro isleño sólo encontramos los antiguos
patrones en aquellas actividades y prácticas
comerciales que podemos calificar como marginales
o en aquellas otras de clara raigambre
costumbrista y popular. Así, sólo sabemos del
uso de la vara en algunos telares antiguos; los
pescadores aún miden en brazas las dimensiones
de las "liñas" y algunos tratantes de
ganado identifican el "trapío" de las
reces con "cuartas" o palmos (J. M.
González, 1993). La fanegada de terreno, cuya
dimensión media supone unos 5000 metros
cuadrados, aún nos sirve de referencia (al menos
en el Valle de La Orotava y otras comarcas
tinerfeñas) para valorar la dimensión de las
fincas rústicas; pero son pocos los agricultores
que siguen computando la extensión de sus
viñedos por almudes o celemines. Ya nadie
reconoce los patrones de capacidad de áridos:
almud, fanega o cuartilla, y, tan sólo, en
algunos molinos tradicionales (en Tejeda y en La
Orotava) podemos contemplar cuartillas
"colmadas" de grano que sólo se usan
para transportar y manipular el millo y el trigo.
Los cestos de medio almud, tradicionales en la
cosecha de papas cultivadas en jable en el Sur de
Tenerife (información recogida de los cesteros
Hermanos González, Tienda Rica, La Orotava), ya
no son utilizados como medidas de capacidad, y
aquellos artesanos que aún trabajan la cestería
de madera rajada elaboran estos cestos sin
mantener ningún principio de proporción, esto
es, sin respetar el patrón de medida (según nos
informa N. Perdigón, D. Grillo y las artesanas
de la Escuela de Artesanía de Arafo).
Con onzas y libras sabemos
que aún se aprecia el peso de los gallos de
pelea, se pesa la seda en La Palma y se comercia
con la semilla de cebollinos en Lanzarote. De
igual modo, la pipa de 480 litros, esto es, de 12
"barriles de cuenta", sigue
reconociéndose entre bodegueros y viticultores.
Justamente, este patrón de capacidad representa
una de las medidas con mayor presencia en
Canarias, pues con él se mide el caudal de las
galerías y el contenido de arquillas de riego,
cantoneras y "pesadores de agua". Como
podemos apreciar, aquellas actividades que con
más arraigo y "tipismo" identifican la
vida cotidiana del canario mantienen las
técnicas metrológicas tradicionales. En
particular, asociada con la siembra y cosecha de
la papa bonita, se da una práctica, ya casi en
desuso, que nos habla de la correcta
manipulación de las medidas populares. La
cosecha de dicho tubérculo se realiza con ayuda
de la tradicional raposa.
En todo caso, las medidas
de nuestros mayores no se entienden como restos
primitivos de un proceder arcaico y obsoleto,
sino, más bien, como herramientas precisas,
aplicadas como estrategias métricas
inteligentes, que posibilitan resolver los
problemas de cálculo exigibles en todas las
tareas propias del trabajo cotidiano. La
Metrología Tradicional supo responder con éxito
a las necesidades matemáticas de todas aquellas
personas, que, carentes de instrucción, hubieron
de afrontar la valoración de sus producciones
agrícolas o marineras, el reparto de las
cosechas y zafras o la cuantificación de sus
propiedades y pertenencias.
Las causas del éxito de
estas prácticas metrológicas que, aún hoy en
día permanecen fuertemente arraigadas,
desafiando el uso generalizado de los patrones
decimales, se explican por ser nuestro SMD un
modelo de medidas fuertemente jerarquizado, de
reciente invención (fue instaurado por primera
vez en la Francia Revolucionaria, en 1795) y de
aún más cercana popularización (hasta mediados
de nuestro siglo no se generalizó su uso en
Canarias, cuando ya, desde 1849, fue impuesto
como sistema legal de medidas en toda España).
En él, los patrones se hallan ligados entre sí
por factores de conversión convencionales, con
divisores y múltiplos en escala decimal;
proponiendo un entramado de patrones intangibles,
universales, invariables e invariantes.
Y la práctica cotidiana
con las unidades métricas no resulta sencilla y
accesible. Al contrario, su estructura decimal
imposibilita los repartos y los cálculos, por
cuanto sólo permite divisiones exactas entre
múltiplos de cinco y diez; sus patrones,
intangibles y abstractos, carentes de significado
ergonómico concreto, impide el uso reiterado, y
su estructura matemática, compleja y
convencional, provoca la incomprensión de todos
los que no han sido instruidos en los principios
básicos de dicha Ciencia. Por contra, los
patrones metrológicos tradicionales se
estructuran en sistemas individualizados: de
capacidad, longitud, peso y superficie; en los
cuales las unidades se materializan en moldes
tangibles: almudes, raposas, arrobas, quintales,
etc. Los factores de conversión responden a las
exigencias propias de cada proceso productivo, y
los múltiplos y divisores, o bien están en
relación dicotómica, son divisibles por dos, o
en escala duodecimal, esto es, divisibles por
doce, y por lo tanto, también por 2, 3, 4 y 6.
Como consecuencia, el uso de los patrones
tradicionales simplifica y no dificulta la
práctica metrológica y encarece, por tanto, su
éxito.
Además, como quiera que en
cada proceso productivo se repiten los
condicionantes que determinan la evolución de la
Metrología Histórica, la manipulación
selectiva de las unidades tradicionales se adapta
aún más a cada necesidad real. Así, se
encuentran en cada aplicación metrológica tanto
la medición arcaica con aquellos patrones
relativizados en partes del cuerpo humano,
característicos de la etapa Antropométrica,
como el uso de patrones intangibles y
jerarquizados en sistemas complejos, propios de
la etapa Convencional. Esto es, a medida que se
incrementa la complejidad de los tratos y
recuentos, y, a tenor de la precisión que exijan
éstos, nuestros hombres de mar y de tierra se
valen de distintos procedimientos metrológicos.
En una primera fase, sólo necesitan una
aproximación burda a la exactitud de la medida y
usarán exclusivamente las partes de su cuerpo;
pero, a medida que se encarece la precisión de
la medida y su comprobación formal, acudirán a
la ayuda de aparatos y máquinas que puedan
facilitar sus cómputos.
Valorando las medidas
canarias con esta clasificación histórica,
destaquemos que, en nuestras actividades
metrológicas tradicionales, la práctica
antropométrica se reconoce en aquellos
procedimientos asociados con actividades
marginales y poco o nada reguladas, donde el
hombre se encuentra en contacto directo con la
naturaleza y tan sólo precisa un cómputo
aproximado en su medición. Este tipo de
práctica la realizan personas que manipulan
productos poco apreciados económicamente y
propios de la primera fase que determina el
inicio de los procesos productivos. La
encontramos, por tanto, entre los campesinos que
siembran la papa, distanciando el tubérculo en
palmos o pies, según el convenio nemotécnico
"a donde va el ojo, va la papa".
También, en la plantación del millo se procede
"al zanco", colocando el pie izquierdo
perpendicularmente a la dirección en que se
avanza, y depositando uno o más granos de
cereal, al avanzar un paso (Candelaria García
Herrera, campesina de las medianías del Valle de
La Orotava). Entre los pescadores aún es
costumbre medir la profundidad del fondo y las
"liñas" para pescar en brazas. Cada
braza se evalúa extendiendo en su totalidad un
brazo y aproximando el cordel hasta el hombro
contrario (Salvador Montesdeoca Betancourt,
"Ñito", pescador del Puerto de la
Cruz). De igual modo, los artesanos de la madera
rajada, del mimbre y del pírgano se valen de
palmos, jemes y codos, para determinar tanto la
profundidad de los cestos como el diámetro de
bordes y suelos.
Como vemos, son estos,
procedimientos arcaicos e imprecisos, que sólo
permiten una valoración aproximada de la
magnitudes que se miden. No obstante, posibilitan
un acertado recuento de los bienes, así como el
cómputo elemental de las prácticas
metrológicas. En concreto, plantando la semilla
en tal forma, los campesinos "miden"
tanto la extensión de los terrenos como la
cantidad de semilla necesaria. Lo reconocen con
aseveraciones del tipo: "esta huerta se
lleva dos sacos de semilla" y "da una
cosecha de (tantas) raposas"; y, en esta
forma, computan el valor material de la
productividad de la siembra, así como la
extensión de los terrenos en almudes o
fanegadas; proponiendo relaciones naturales entre
patrones de distintos sistemas de medida, que
constituyen los denominados factores de
conversión.
Cuando se precisa mayor
exactitud, pues las mediciones intervienen en la
comercialización de un producto o en la
contabilidad de la producción de zafras o
cosechas, aparecen las prácticas metrológicas
propias de la etapa Ergométrica. Ésta se da
históricamente con el advenimiento de las
Culturas del Antiguo Oriente, culturas
fuertemente jerarquizadas, en las cuales se
asignaron aforos precisos, fijos e inmutables, a
las unidades procedentes de la primitiva etapa
antropométrica. A esta etapa corresponde la
organización metrológica castellana, origen y
base de nuestras medidas tradicionales, que, tras
múltiples intentos de unificación, se
formalizó enteramente por Real Orden de 26 de
Enero de 1801, bajo el reinado de Carlos IV.
Las unidades ergométricas
son, en consecuencia, las más comunes en las
prácticas metrológicas que aún perviven en el
Archipiélago. Estas unidades provocan una
medición precisa y exacta, al menos en el
entorno comarcal o provincial en el que se haya
aceptado tácitamente su operatividad. Los aforos
y dimensiones son conocidos (más bien lo eran)
por todos aquellos que precisan de su manejo; se
expresan en moldes concretos y tangibles y su
estructura de múltiplos y divisores,
duodecimales y dicotómicos, posibilita la
ejecución de repartos y trueques, sin necesidad
de recurrir a mayores conocimientos matemáticos.
Recipientes de cestería
como la "raposa", la
"espuerta", los cestos abarcados y las
"barquetas"; útiles de tonelería,
como los toneles, las barricas, los
"barriles de a cinco y de a siete", y
las "cuarticas", cuartillas, almudes y
celemines, también de madera, responden a esta
estructura metrológica particular y, todavía en
la actualidad, se usan con profusión.
Los patrones ergométricos
se adaptan a la perfección a las necesidades
materiales que se dan en cada práctica
productiva. De este modo, se adaptan a las
condiciones en las que se desarrolla el trabajo
de agricultores y pescadores. Como ejemplo,
proponemos el modelo metrológico asociado con el
comercio de la madera entre leñadores y
artesanos de la cestería.
Para tratar con varas y
palos de brezo, castaño o nogal se procede a su
corte en una práctica conocida como
"rolazo". Cada "rolazo" se
agrupa en un número preciso de
"manadas". Y estas manadas responden a
las necesidades ergométricas de los cesteros y
arrieros, de tal modo que, dos manadas determinan
la carga usual de una "bestia". Cada
manada supone a su vez un número concreto de
varas, conformando un atado que pueda ser
manipulado y transportado por una sola persona.
Así, según el grosor, y, por consiguiente, a
tenor de su peso, las varas se clasifican en
"latas", "latones" y
"horquetas". Una manada de latas
comprende 50 varas, siendo la de horquetas, más
gruesas, de tan sólo 25. Las varas se disponen
en hatos o haces, ceñidos por
"vergas", que se compran o venden por
cargas de bestia o simplemente por unidades.
Así, con ayuda de este ordenamiento
metrológico, cesteros, leñadores y arrieros
acuden a un procedimiento estandarizado, que
delimita con precisión el buen uso de los tratos
y comercios.
Por último, las prácticas
metrológicas características de la etapa
Convencional de la Metrología, que se extiende
desde la invención del SMD hasta nuestros días,
sólo aparecen en las tareas productivas canarias
cuando se asocian con el uso de básculas, pesas
y romanas. Podemos asignarle una presencia
reciente, que fue más antigua en el comercio al
detalle, esto es, en el menudeo que se practicaba
casa por casa: los pescadores se han valido
tradicionalmente de "gangochas", los
caleros de almudes y cuartillas y los salineros
de "panecitos" y arrobas, conformando
una práctica metrológica que afectaba tan sólo
a los productos caros o escasos, nunca a los de
menor valor, como fueran la leña, la paja o el
estiércol. Cabe anotar, por último, que los
instrumentos para pesar eran patrimonio de
tratantes, intermediarios y comerciantes, y, en
numerosas ocasiones, fueron poco apreciados por
campesinos y pescadores.
Advertimos en la
descripción anterior la presencia de un rico
acervo tradicional que ha conformado la compleja
estructura metrológica isleña. Aunque se han
perdido la mayor parte de los patrones
tradicionales, aún se viene utilizando un
número notable, y su manipulación exige el uso
correcto de los numerales y la operatividad más
cotidiana de las operaciones elementales. La
Metrología tradicional se imbrica, por tanto, en
las necesidades diarias del cálculo numérico.
3. Números y
operaciones: aplicaciones de la Aritmética
La aplicación más
apreciada de la matemática en general, y de la
Aritmética, en particular, se identifica con
capacidad de ejecución de "cuentas".
La facilidad para realizar cálculos numéricos
siempre fue apreciada con gran reconocimiento
entre las capas populares, y las medidas
tradicionales en Canarias nos proponen un
laboratorio idóneo para ejercitar tal facultad.
En concreto, la manipulación de los patrones de
longitud, peso y capacidad requiere un
adiestramiento notable en los siguientes
tópicos:
Formalización
de un sistema de notación
numérica en conjunción con el
modelo jerarquizado de unidades,
múltiplos y divisores; conceptos
de base y de numeración
"compleja" no decimal.
Cálculo de productos y
divisiones en base dicotómica
(en ordenamiento binario) o
duodecimal. Ejecución de
repartos no exactos en base
decimal y expresión decimal y
compleja de los resultados.
Conversión entre unidades y
sistemas de distinta jerarquía:
conceptos de área y volumen.
Cálculo mental con ayuda de la
multiplicación dicotómica, el
producto con divisores de la
docena o la división no exacta.
Todas estas habilidades
pueden comprobarse en la historia de nuestra
Cultura Popular:
Entre las actividades
aborígenes que siguieron desarrollándose tras
la Conquista, destacan las asociadas con el
pastoreo. Los pobladores prehispánicos de
Canarias continuaron en gran medida su oficio de
pastores y se adaptaron en cierta forma a las
nuevas condiciones del modelo económico impuesto
por los conquistadores. De procedencia aborigen,
y heredada por los actuales "cabreros"
de las Islas, perdura su habilidad a la hora de
reconocer, contar o valorar el número total de
cabezas de ganado que pastorean a su cuidado.
Esta práctica matemática primitiva representa
una habilidad notable, propia del estado
intermedio en el desarrollo mental del hombre
primitivo; se reconoce de igual forma en otras
sociedades de tradición pastoril, y ya fue
descrita por los primeros cronistas de nuestra
historia reciente.
En concreto, los primeros
colonizadores europeos quedaron notablemente
sorprendidos por la facilidad de los pastores
guanches para reconocer con exactitud el número
de cabezas de ganado que poseían, y que
computaban enteramente "de memoria"
(Citas de Fray Alonso de Espinosa). Los
primitivos habitantes de Tenerife, y sus
descendientes actuales, distribuyen el ganado en
subgrupos (a modo de complejos lógicos), que
quedan delimitados de acuerdo con color de su
pelaje, al nombre de las cabras o por sus
características en el comportamiento diario. La
disposición en el terreno (cabras delanteras o
traseras), su estado de salud (enfermas,
preñadas, etc.), y las relaciones de
consanguineidad, les aporta, así mismo, una
clasificación topológica en clases
diferenciadas.
Comparando estas técnicas
de asociación y clasificación con los
rudimentos de la teoría del conocimiento,
podemos entender el recuento de nuestros pastores
como un modelo elemental de clasificación y
seriación, realizado con herramientas de
contaminación y limitación, propias de las
etapas preoperatorias en el desarrollo de los
conceptos numéricos.
Entre los primeros sistemas
de registro conocidos por la humanidad (y
también por el alumno en su entorno cotidiano)
encontramos la notación con ayuda de marcas o
muescas, reconocible en todas las sociedades de
tradición pastoril. En Canarias, se discute
sobre el uso de tales "tájaras" o
"tablas de contar" entre los
aborígenes, y, aunque no existe evidencia
material de su utilidad entre guanches, canarios
o majos, (ver J. Barrios, 1997 y J. Reyes
García, 1998), su presencia actual en numerosas
contabilidades agrícolas (en el cómputo de
cosechas de cereales en Fuerteventura, en el
registro de las cargas de bestia en el cultivo de
la papa y de la vid, en Tenerife, etc.) nos habla
de un modelo de contabilidad y registro
elementales, que se reconoce en toda la
tradición comercial isleña.
De naturaleza similar son
los recuentos que pescadoras y venteras de todas
las Islas han venido ejecutando con ayuda de sus
peculiares signos. En concreto, nuestras abuelas
analfabetas se han apoyado en un complejo sistema
de grafos, que utilizaron para representar el
dinero y realizar el cómputo de las operaciones
elementales en sus comercios. Tales signos
presentan una gran uniformidad en cada sector
comercial que hemos analizado (en el comercio al
por menor en ventas y en la venta a domicilio del
pescado, el pan o la leche) y recopilan un
patrimonio ancestral, de clara procedencia
pastoril. Conocemos con precisión el origen de
tal simbología, que se muestra enteramente
diferenciada según el tipo de actividad
comercial donde se ejecuta, diferenciándose las
grafías de pescadoras y sus áreas de influencia
de las reconocibles entre las
"venteras" de las medianías.
Los signos de nuestras venterasPrecisada la notación estándar de
cada moneda en uso, los cálculos con tales
signos permiten efectuar operaciones elementales:
sumas, productos sencillos, por adición
reiterada; sustracciones, que se ejecutan al
devolver el cambio, y repartos proporcionales,
sus toscas divisiones. Tales cálculos comportan
un avance técnico y teórico respecto al
cómputo realizado con ayuda de
"tarjas" y tablas de contar, y sirven
como ejemplificación práctica de los rudimentos
teóricos que subyacen en la manipulación del
producto, la sustracción y la división.
En todo caso, en ambos
modelos de cómputo primitivo se obvia el
cálculo mental, muy apreciado entre campesinos y
tratantes. Este aparece en la dilatada práctica
de conversión de cuentas valoradas en reales,
onzas o duros a pesetas. La reducción de tales
contabilidades en distintas unidades monetarias
posibilita entender el producto y la división
como estrategias de cálculo diversificadas,
abundando en el significado numérico de los
conceptos de múltiplo y divisor.
Por lo demás, la
comprobación de los resultados de estas
operaciones puede realizarse con ayuda de las
conocidas reglas o tests "del nueve" y
"del once", en completo desuso en la
actualidad, pero que interesaron notablemente a
los educadores de nuestros padres y abuelos.
Dichas pruebas, de procedencia aún oscura, ya
fueron utilizadas por los matemáticos árabes
Alwarizmi y Avicena; se difundieron en el
occidente cristiano tras los trabajos de Lucca
Pacioli, Fibonacci y Tartaglia y esconden no
pocas propiedades pedagógicas. Su
fundamentación teórica radica en la teoría de
congruencias, que fuera ideada por Karl F. Gauss;
y las congruencias posibilitan, a su vez, la
comprensión de los distintos criterios de
divisibilidad (ver D. E. Smith y M. Sierra).
4. Geometría Práctica:
Técnicas de Medición y Representación y
Organización del Espacio
En este apartado habremos
de retomar la práctica de la Metrología, por
cuanto las técnicas más difundidas en el
entorno cultural canario se imbrican en
aplicaciones de los clásicos teoremas de Tales y
de Pitágoras y en el ordenamiento causal del
tiempo.
Destaquemos, en primer
lugar, que las habilidades de nuestros campesinos
y marineros en este terreno proceden de la amplia
cultura material grecolatina. Los tratados
clásicos fueron recopilados en sencillas normas
de aplicación práctica en numerosos textos
renacentistas (destacando los de Rodrigo
Zamorano, Alonso de Chaves o Alonso de Herrera) y
su práctica cotidiana se popularizó en las
Islas con ayuda de numerosos tratados de
Aritmética y Geometría Elemental, los libros de
texto de nuestros abuelos. Entre ellos, destacan,
por su popularidad y difusión generalizada, los
firmados por Puerta Canseco y Dalmau Carles y las
sucesivas ediciones de la Editorial Bruño.
De la Agrimensura se pueden
extraer diversos métodos para la valoración de
distancias inaccesibles y prácticas de cómputo
de áreas de terrenos limitados por contornos
irregulares. Se encuentran detallados con todo
lujo de aplicaciones cotidianas en el librito de
D. José Estevez Méndez, donde se explica, en
particular, el conocido como método del
"fraguero", propio y particular de
Canarias, que ya fuera descrito por el
farmacéutico D. Cipriano de Arribas y Sánchez a
comienzos de este siglo. Este método permite
medir la altura de árboles o edificios contando
tan sólo con la ayuda del cuerpo del observador.
D. Cipriano lo comenta como sigue:
El pino de
la madre del agua tiene 66 metros
de altura con 7'80 metros de
circunferencia. Como carecía de
medios a propósito para
medirlos, una persona que me
acompañaba sacóme del apuro,
diciéndome: -Dé V. La espalda
al pino, vaya marchando de frente
y mirando por entre las piernas
lo más posible, con la cabeza
cercana a la tierra hasta que vea
la copa del árbol; verificando
así, mida la distancia que
exista desde donde V. está hasta
el tronco del árbol y ésta
será la medida absoluta de su
altura.
El método del fraguero
aparece anotado en numerosos tratados de
Geometría, se reconoce como uno de los
procedimientos más antiguos, pues ya fue
recogido por Oroncio Fineo en 1553 en la
traducción del texto de Jerónimo Girava (M.ª
Isabel Vicente, 1993) y su fundamento científico
se basa en la aplicación correcta del teorema de
Tales. Ha perdurado en la memoria de esos hombres
sabios, destacados entre sus pares por su
sabiduría, aunque su práctica y uso no exigen
ni determinan conocimiento matemático avanzado.
En Geometría esférica y
de los cuerpos sólidos, el saber tradicional
recoge prácticas relativas al cálculo de
volúmenes y a las imbricaciones planetarias del
cómputo horario. En el primero de los tópicos,
la valoración de los volúmenes de los cuerpos
sólidos hace un uso generalizado del principio
de Cavalieri. Su utilidad en el estudio de
elipsoides, prismas y otras superficies de
revolución se extiende también al cómputo de
las capacidades de barriles, barricas y toneles.
En concreto, tales prácticas estimulaba la
pericia de los "cubicadores" de
barriles, toneleros y bodegueros y comportan
problemas matemáticos no exentos de enjundia
formal.

"Cubicadores"
ejecutando el Aforo DiagonalEl "Aforo Diagonal" es el
procedimiento práctico para aforar toneles y
barriles de menor dificultad en su
implementación práctica, pero que atesora el
mayor contenido matemático (ver J. M. González,
1993). Es técnica antigua, que interesó
notablemente a los matemáticos medievales y
renacentistas, atentos siempre a la pericia de
los "gauger", esto es, los
"cubicadores" .
El
procedimiento de Aforo
Diagonal consiste en
medir la distancia L que se
extiende entre la boca del barril
horadada en su vientre hasta el
extremo más alejado de uno de
los fondos; se eleva el valor
calculado al cubo y se multiplica
el resultado por el factor
corrector 0'625, obteniéndose de
esta forma el volumen: V8
= 0'625 x L3
Esta
fórmula, recogida por numerosos
textos de geometría elemental
(Dalmau Carles, J. Estévez,
Morroyo y Gago, Bruño, etc.), es
la que se utilizaba en Canarias,
en ejercicio de maestros de
tonelería y viticultores
expertos.
La explicación de la
exactitud de este método nos la propone P.
Gianni en su obra "Práctica de Geometría y
Trigonometría", de 1784, quien identifica
el prototipo de tonel con un esferoide, del cual
se conoce su volumen ("solides" según
la terminología dieciochesca) igual a 2/3 del
área de la máxima latitud circular por la
longitud total de la figura.
De la Geometría del
Espacio podemos rescatar las aplicaciones de las
coordenadas esféricas. En concreto:
Establecimiento
de relaciones métricas entre las
unidades de medida de longitud y
las dimensiones planetarias.
Relaciones que no se agotan en la
definición original del metro
como diezmillonésima parte del
cuadrante terrestre, sino que
afectan, de igual forma, a las
extensiones comprendidas por la
legua, la milla terrestre, la
milla marina y el grado.
Así fueron entendidas por los
matemáticos del Renacimiento.
Medición aproximada del
cuadrante terrestre, que puede
valorarse de forma sencilla con
ayuda del procedimiento ideado
por Eratóstenes, quien se basó
tan sólo en los teoremas de
Tales y de Pitágoras.
Cómputo horario, ejecutado con
relojes de Sol ecuatoriales o
verticales. Para ello, podemos
rescatar su uso en plazas y
edificios canarios.
Ejercicios de orientación
durante el día y la noche, que
se pueden realizar con la
manipulación de cuadrantes y
ballestillas elementales o con
ayuda de los procedimientos
empíricos que utilizaron los
pescadores y marineros de la
costa sahariana.
Cálculo de distancias hasta el
horizonte, fácilmente
computables con sencillas
fórmulas de conversión,
recopiladas en los textos de
Geometría elemental.
Alineación de puntos
inaccesibles en el mar, siguiendo
el procedimiento de las conocidas
"marcas", que usan
nuestros pescadores para fijar
los "bajíos" o
"pesqueros".
5. De la Matemática a
la Física
Los contenidos en
Matemáticas alcanzan su mayor aplicabilidad
material en la formulación y resolución de las
ecuaciones de la Física. No obstante, como ya
comentamos en párrafos anteriores, no existen
testimonios populares que nos informen sobre la
concepción popular de las teorías físicas:
forma y composición de la Tierra, apreciaciones
cosmológicas, teorías sobre la naturaleza de
los elementos, etc.; y, tan sólo, encontramos
ejemplos de aplicación práctica en la
necesidades materiales de nuestras gentes.
Entre las ramas de la
Física con abundante presencia en la cultura
popular destacan la Astronomía y la Cronología,
que, a su vez, se relacionan con la Geometría
esférica del apartado anterior. Sus
implicaciones cotidianas parten de una misma
necesidad, y, así, el campesino de nuestras
tierras, al igual que hiciera el hombre
primitivo, interroga al cielo en busca de
presagios que auguren el buen resultado de sus
cosechas.
El hombre primitivo,
acuciado por la fragilidad de su existencia e
impelido por la necesidad de asegurar sus
alimentos, ya fueran fruto de cosechas o de
actividades de caza y pesca, enfrentó el estudio
de los cielos y el análisis rudimentario de los
movimientos cíclicos de los astros con una doble
perspectiva. Por un lado, sabiendo anotar
convenientemente la aparición de fenómenos
periódicos: orto y ocaso del Sol, llegada de las
estaciones, fases de la Luna; podía predecir con
cierta antelación las fechas y las horas
idóneas para iniciar la siembra o la
recolección; para proveerse de leña y alimento;
para adelantar la fecundación del ganado, etc.
Esto es, la elaboración de calendarios
rudimentarios le permitió controlar en buena
parte los imponderables de su existencia, que, de
algún modo, podían ser anunciados por ciertas
regularidades previsibles y observables en el
comportamiento de los astros.
Por otra parte, y acorde
con el prodigio mágico de la periodicidad de sus
movimientos y de la dependencia casi total de su
evolución astral, el hombre prehistórico
otorgó a los seres celestes características
humanas, cualidades vitales cuyos actos volitivos
podían repercutir bien a su favor o bien en
contra suya.
El hombre de la antigüedad
no dejó de sentirse fascinado y empequeñecido
por ese corpus de armonía del Cosmos, que, entre
otros casos, le permitía sobrevivir con éxito
en La Tierra. Fue así que los astros amigos se
entendieron como divinidades que, dotadas de
inteligencia humana, actuaban con conciencia,
mejorando o dificultando la vida de los mortales.
Justamente, la conjunción de estos dos
posicionamientos, hoy en día contradictorios,
posibilitó el desarrollo de las investigaciones
astronómicas y de las especulaciones
astrológicas. El hombre, provisto de mayores y
mejores condiciones materiales, supo y pudo
conciliar su inicial devoción astral con la
incesante curiosidad científica, en busca de
explicaciones racionales de los fenómenos del
Universo.
Las distintas
civilizaciones resolvieron el problema de ordenar
sus labores acorde con los movimientos de los
astros de forma enteramente dispares, ideando
calendarios, que posibilitaron el cómputo del
tiempo. Desde los observatorios astronómicos
megalíticos, hasta nuestro calendario gregoriano
(basado en la disposición anual de las fiestas
litúrgicas), se han sucedido los intentos de
ordenar el paso del tiempo, armonizando los
periodos de rotación y traslación de la Tierra,
la Luna y el Sol, siempre de forma aproximada.
Los ciclos de Meton, la rueda perpetua y las
ruedas calendaristas de mayas y aztecas son los
ejemplos más distinguidos en este vano intento.
Por contra, junto con los
cultos primitivos al Sol y a la Luna, las
civilizaciones antiguas se interesaron también
por los efectos predictivos de ciertos
acontecimientos asociados con los movimientos de
estos astros y con su observación de la Tierra
sobre la sucesión de las épocas cálidas y
húmedas y sobre la formación de los meteoros
celestes. Métodos primitivos de predicción
climática fueron recogidos por griegos y
romanos, quienes le otorgaron certificado de
previsión de los designios de los dioses. En
concreto, alrededor del año 800 a. C., el poeta
griego Hesíodo escribió tablillas dando
consejos a los marineros sobre el mejor tiempo
para navegar. Las tablillas de arcilla se
guardaban a bordo de los barcos para que los
capitanes pudieran consultarlas oportunamente, y,
evitar así el mal tiempo. En el siglo I d. C.,
los romanos recopilaron los trabajos que
incluían señales y predicciones
meteorológicas. En la Edad Media, se prepararon
pequeños panfletos conteniendo una predicción
astrológica del tiempo para un solo año; y, con
la introducción de la imprenta en el siglo XV,
aparecieron gran cantidad de estos libros, que se
convirtieron en los precursores de los modernos
almanaques.
Entre estos, destaca el
tratado de Alonso de Herrera, que recoge una
completa relación de «señales» para predecir
el estado futuro del tiempo. Asimismo, Alonso de
Chaves, en su Manual de Navegación para
Navegantes, recopila buen número de estas
"señas" de tal modo que en sus
modestas técnicas se encontraba ya la base
argumental de la moderna ciencia del clima.
Justamente, estas dos
facetas de la indagación del Cosmos se pueden
reconocer en la tradición oral isleña.
De naturaleza análoga a
los cálculos calendaristas, se conocen en
Canarias los calendarios agrícolas, imbricados
en el santoral católico y recopilados en
Almanaques o "picatostes" varios (los
de la editorial Ceres y el Zaragozano, como más
destacados). Suponen una reducción conceptual de
los ciclos lunisolares ideados por Meton, y sus
sistemas de cómputo de los días, semanas, meses
y años no concuerdan con otros, de fácil
consulta en las Islas.
También, el ordenamiento
de las estaciones puede entenderse con ayuda del
modelo primitivo que utilizaron los aborígenes
(ver J. Barrios, 1997). De este modo, la
distribución de las celebraciones católicas,
que va cambiando su disposición en el año, de
acuerdo con la incardinación de los ciclos de
cómputo solar (propio de nuestro calendario
gregoriano) y lunar (característico del cómputo
judaico), nos propone otra aplicación conjunta
de los contenidos en Física y en la operatividad
de nuestro sistema decimal de numeración.
Finalmente, los calendarios universales o
perpetuos, que editan los distintos anuarios de
las publicaciones periódicas, son útiles
imprescindibles para asimilar correctamente los
conceptos de divisibilad y de relación de
congruencia.
En el apartado prospectivo
de la Astronomía, y en sus aplicaciones a la
Meteorología, se conoce un ingente número de
formas populares de predecir los cambios en la
atmósfera que presentan un evidente rigor
científico, pues, saben interpretar con
corrección algunos fenómenos naturales,
usualmente asociados con la variabilidad
climática. La mayor parte de estas leyes
empíricas provienen de la tradición
grecolatina, y ya fueron recopiladas en 1594 por
Rodrigo Zamorano en su Cronología de la razón
de los tiempos. Transmitidas de forma oral de
generación en generación, se han conservado
ante todo en la memoria de ciertas personas
especializadas en predicciones, hombres sabios
que suelen ser consultados y que conocen una
tradición fecunda en Canarias.
En todo caso, el fundamento
teórico que puede justificar la veracidad de
tales predicciones lo podemos entresacar del
texto de Alonso de Chaves (p. 178) donde se
recoge el siguiente aserto:
Nota que
todas estas señales, unas son y
se dicen generales y otras
particulares, no puede ser
ninguna señal tan general que se
extienda en todo el mundo, ni
puede ser tan particular que sea
en un solo lugar o pueblo.
La certeza predictiva de
estos dichos no deja de contar con voces
incrédulas. Así, el propio refranero popular,
¡que nunca se equivoca!, afirma: "No hay
mejor señal de lluvia que cuando llueve".
Esto es, la mentalidad popular reconoce que
muchos "aberruntos" y cabañuelas se
dan con posterioridad a los fenómenos
atmosféricos y, por tanto, deben tomarse con una
buena dosis de cautela.
Entre estas prácticas,
destacan las predicciones cabañuelísticas de
Fuerteventura, recopiladas por D. Francisco
Navarro Artiles y su hija y las que anualmente
formulan los "perlos" de Sabinosa y los
zahoríes de la comarca de Daute-Icode en
Tenerife. No todas las cabañuelas presentan
certeza empírica clara, pero existe un buen
número de ellas que se explican con ayuda de
conceptos físicos precisos.
Al igual que las
cabañuelas, los "aberruntos", métodos
de pronóstico del clima venidero a corto plazo,
suelen aparecer en las recopilaciones
paremialistas ibéricas e isleñas, fuertemente
contaminadas por supersticiones de procedencias
dispares. No obstante, una buena parte de estas
"señas" de lluvia admiten una
interpretación física acertada. Son ejemplos de
fórmulas tácitas de actuación sobre el medio,
acordes con las concepciones ágrafas de los
fenómenos naturales.
Precisamente, el éxito
y el fundamento científico de estas
prácticas y de las creencias populares,
manifiestas en refranes y proverbios, reside en
la conjunción de circunstancias varias, entre
las que cabe destacar, en primer término, su
validación por la experiencia. Tras
siglos de trabajos continuos y cotidianos, los
hombres del pueblo han sabido ordenar la
sucesión de hechos y la repetición de éstos,
y, así, han podido predecir los resultados de
una determinada actuación sobre el medio. Como
reconocen los agricultores de San Bartolomé de
Tirajana o los campesinos de El Hierro y de
Tenerife, la papa debe sembrase cuando la Luna se
encuentre en menguante, pues en cuarto creciente,
"sale mucha planta pero poca raíz"
(según los informantes D.ª Aurora Quintero de
El Pinar, D. Juan Grillo de San Juan de La
Rambla). La práctica anotada encuentra su
fundamento, aunque carente de todo rigor lógico,
en la costumbre de plantar en dicha fase; pues,
siendo así, se produce la proliferación de
frutos, mientras que, en creciente, sólo provoca
el crecimiento de los vegetales (J. M. Anglés,
1993). Esta es "creencia" generalizada
entre los campesinos del Mediterráneo y ya fue
popularizada por Columella y Vitruvio.
En otras ocasiones, los
hombres del campo o del mar han extraído su
conocimiento de la regularidad y la
repetición cíclica de los fenómenos naturales.
Por ejemplo, si bien el labrador no sabe
reconocer que las borrascas en el Hemisferio
Boreal se propagan de Oeste a Este, debido a la
rotación de la Tierra y como consecuencia de la
fuerza de Coriolis, ha recogido el saber
contenido en el refrán "Arco Iris de
poniente, coge las bestias y vente". Según
este dicho, que hemos recopilado en toda la
geografía ibérica, su aparición por el Oeste
anuncia más lluvia, pues aún la borrasca no ha
pasado.
La experiencia del pueblo
se une, a su vez, con un legado rico y
completo, que recorre toda la tradición oral de
Occidente y que valida, casi con absoluto
rigor, sus apreciaciones más cotidianas. Como
reconocieran Hesíodo y otros sabios griegos, el
campesino de Fuerteventura y de Gran Canaria sabe
que la aparición de "Las Cabrillas",
esto es, la Constelación de las Pléyades,
anuncia el advenimiento de la primavera, el fin
del rigor invernal y, por tanto, la época
propicia de la cosecha. Así fue anotado también
por Enrique Casas Gaspar entre los labradores de
la Meseta Ibérica.
Otra base argumental, que
fundamenta el rigor de un buen número de
apreciaciones populares, se apoya en la
universalidad de la fenomenología natural.
Los movimientos de la Tierra, el Sol, la Luna,
los planetas y estrellas, se reconocen por igual
en todo el hemisferio boreal, y, en consecuencia,
provocan un entendimiento de su repetición
cíclica casi similar. El conocido dicho
"Por Santa Lucía, se acortan las noches y
crecen los días" nos informa de la llegada
del solsticio de invierno. Si, en realidad, no
coincide con el 13 de diciembre, festividad de
Santa Lucía, es debido al cambio producido por
la cuenta de días en el Calendario Gregoriano.
La introducción del nuevo calendario provocó la
desaparición de 10 días en octubre de 1582,
computados entonces con el calendario Juliano (J.
Dutourd, 1986; J. M. González, 1995) y ocasionó
el desplazamiento del día del mes de diciembre
que determina el solsticio invernal.
Finalmente, los refranes y
proverbios y las sentencias adivinatorias de
perlos y zahoríes, además de atesorar, en
ocasiones, conocimientos desarrollados, comportan
una clara interpretación natural de los
acontecimientos, fácilmente comprensible por las
personas ágrafas. A modo de ejemplo,
anotemos que los cesteros de follado y de madera
de castaño reconocen ciertas épocas propicias
para la poda y el corte de los arbustos y
árboles. Según ellos, si se realiza en fase
creciente "la madera se pica" y
"se llena de bichos". Debe cortarse,
por tanto, en menguante. La poda de la viña se
debe ejecutar de igual forma, para que los
sarmientos "no lloren". Sabemos que
estas prácticas han de coincidir con la parada
invernal o estival de la savia, y es creencia
generalizada (inclusive entre expertos
agrónomos) que los flujos de este líquido
responden, al igual que las mareas, a la acción
de nuestro satélite.
No abundan las aplicaciones
de los teoremas de la Física en la vida
cotidiana, aunque en la experiencia diaria se dan
numerosos ejemplos de principios relacionados con
las máquinas elementales: plano inclinado,
palanca, y poleas, entre otras. Sólo queremos
destacar en este último apartado la incidencia
del teorema de Torricelli y de los principios de
Bernouilli en hidrodinámica en el
aprovechamiento de los caudales de riego en las
Islas.
El método tradicional en
el reparto de estas "gruesas" se conoce
con el nombre de Dula. En la actualidad, gobierna
su distribución en La Gomera, Sur de Gran
Canaria, Norte de Tenerife y otras muchas
comarcas insulares, con ligeras variantes, pero
con un principio conceptual análogo. La palabra
dula, derivada del vocablo árabe
"daula", significa rotación o turno de
riego, y, por extensión, medida de agua. En las
Islas Canarias, adulamiento es el proceso por el
cual la gruesa de cada canal se divide en partes
proporcionales a las que se asigna un valor
determinado, expresado en ciertas unidades de
medida o tiempo.
Para controlar el caudal
controlado se usan cantoneras, "pesadores de
agua", "arquillas de riego" o,
más recientemente, caudalógrafos. Estas obras
de albañilería salpican la geografía isleña y
permiten la valoración del caudal que discurre
por las atarjeas.
La construcción de los
pesadores se recomienda a maestros albañiles
diestros. Estos han de valorar las dimensiones de
cada tanquilla de acuerdo con el caudal que
deberá "amansar". Se
"amansa" o aquieta el agua, de tal modo
que se mantenga una situación en la que la
velocidad de salida del líquido sólo dependa de
la altura alcanzada en la tanquilla; y no de
imponderables externos, como puedan ser la fuerza
de presión con la que ésta es bombeada y la
velocidad alcanzada por la corriente al
precipitarse el líquido desde zonas altas a
otras de altitud inferior u otros.
El pesador consta de dos o
más estanques de pequeñas dimensiones,
comunicados entre sí por orificios horadados en
la parte inferior de las paredes colindantes. En
el primero de los estanques se recoge el agua,
que suele llegar con gran velocidad. Al pasar a
la segunda de las tanquillas, atravesando la
abertura que la separa de la primera, el agua
pierde velocidad y se remansa. Este proceso se
repite cuantas veces sea preciso, con el uso de
tantas tanquillas como se necesitare, hasta
conseguir que el líquido se eleve en la última
debido sólo a la fuerza de la gravedad. En esta
tanquilla el agua fluye lentamente por una
escotadura o reborde perforada en el borde
superior de la pared no conectada con las otras
tanquetas. Quedan entonces reproducidas las
hipótesis subyacentes en el teorema de
Torricelli, y el caudal se podrá evaluar tan
sólo con la medición de la altura que se
alcanza en la boca.
Como vemos, un
procedimiento práctico, de uso generalizado
entre nuestros campesinos, esconde una
explicación científica nada trivial. Y habremos
de concluir, corroborando que estos ejemplos de
aplicaciones de conocimientos y saberes, sin ser
simples, han otorgado carácter de sabiduría a
las prácticas de nuestros agricultores y
campesinos.
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