O A MORIR
Es un miedo frecuente entre los niños y puede manifestarse como una
ansiedad intensa a la separación, una incapacidad para irse a dormir o bien en
que habla continuamente de la muerte.
Alrededor de los cinco o seis años, muchos niños comienzan a preguntar
cosas sobre la muerte, pero tienen sólo un conocimiento rudimentario del ciclo
de la vida, asociando la muerte con la edad avanzada. Hacia los siete años
pueden sospechar que ellos también morirán algún día y sus preguntas se centran
más en los aspectos físicos de la enfermedad y de la muerte. A los nueve o diez
años, muchos niños están preparados para que se les responda de forma directa y
completa.
No se puede ni se debe proteger a los niños de la realidad, evitándoles
temas desagradables como la muerte. Los niños deben experimentar sus propias
pérdidas, ya sea la de un animal, la de un pariente lejano o la de un vecino y,
además, pueden ver destrucción en cualquier parte, en la televisión y en las
películas. Se les debe permitir que hablen de esto, que aireen sus miedos, que
pregunten lo que quieran y que obtengan respuestas reales.
Estas orientaciones servirán para tratar el tema de forma natural y
para afrontar acontecimientos difíciles.
Puede ser más fácil utilizar verdades a medias, pero no es mejor. Los
niños necesitan respuestas si han de manejar conceptos abstractos.
. Conteste las preguntas a su nivel. Cuando un niño de cuatros años
pregunte: «¿Dónde se marchó Aday cuando se murió?», déle una respuesta simple
pero concreta. Las respuestas complicadas solamente confundirán al niño. Una
simple explicación consecuente con sus creencias religiosas, la que uno mismo
podría aceptar, puede ser lo más apropiado. También puede intentar explicar el
ciclo de la vida, utilizando flores o las estaciones como ejemplo.
Utilice
palabras apropiadas. No hay que evitar palabras como matar, morir o muerte. Los
niños ya conocen y utilizan estas palabras. Evite las verdades a medias y los
cuentos de hadas. No hay que decirle al niño que el abuelo se ha marchado de
viaje, el niño podría interpretar esto como si su abuelo no le quisiera lo
bastante o como si pudiera regresar, en cualquier momento. Hay que dejar que el
niño sepa que su abuelo lo quería mucho pero que no puede volver.
Asimismo, no compare la muerte con el sueño puesto
que el niño podría tener miedo a dormirse. No hay que decirle que la tía Pili
murió porque estaba muy enferma porque podría temer que toda enfermedad, de él
o de usted, puede terminar en muerte. Es conveniente que el niño sepa que la
mayoría de la gente se repone de las enfermedades.
Centre la
atención en la vida. Después de haber hablado acerca de la muerte de una forma
honrada, y haber dado al niño la oportunidad de discutir sus sentimientos y sus
miedos sobre la misma, es conveniente centrar la atención en la vida. Hay que
hablar acerca de cómo vivir de una manera saludable puesto que así la vida es
más larga: comiendo adecuadamente, con revisiones médicas periódicas, haciendo
ejercicio, y además, esto proporcionará al niño una cierta sensación de control
sobre su propio cuerpo.
En cuanto el niño pueda ayudar, hay que dejarle plantar una planta, observando y discutiendo las fases de la naturaleza. Proporciónele animales, que le enseñarán a conocer el amor, la vida y la responsabilidad. Cuando el animal doméstico muera, se le puede hacer un funeral y enterrarlo, pero no hay que decidir reemplazarlo inmediatamente.
Cuando un pariente cercano o un amigo de la familia
está gravemente enfermo, se excluye a menudo a los niños de la conversación,
dejándoles que hagan conjeturas sobre lo que va a ocurrir. Es conveniente darles
toda la información posible, aunque proporcionada a su edad, personalidad y a
la situación.
Un niño necesita saber que alguien muy cercano a él está muy enfermo,
aunque no es necesario que se le diga inmediatamente que la enfermedad es
terminal, si éste es el caso. A un niño pequeño se le puede decir que una
persona está muy enferma pero que los médicos están intentando ayudarle a que
se ponga bien; después se le dirá que los doctores no han conseguido ayudarla,
etcétera.
Un niño necesita oportunidades de hablar de la situación antes de que
se produzca la crisis. Si no se le ha proporcionado información puede llegar a
conclusiones erróneas, quizás culpabilizándose de esta muerte. El niño puede
recordar que una vez deseó que su hermano muriera, o puede pensar que esto no
hubiera ocurrido si hubiera rezado más o si se hubiera portado mejor o si no se
hubiera enfadado con aquella persona que en aquel momento está enferma y poco
disponible para él. Si se mantiene al niño informado, se podrá hablar siempre
de sus sentimientos.
El niño puede tener diversos sentimientos cuando se entera de que
alguien está muy enfermo o ha muerto. Puede negarlo, sentirse colérico,
desesperado, culpable o sentir miedo de que lo mismo le pueda ocurrir a él o a
otras personas a las que quiere. Hay que dejar que el niño hable de sus
sentimientos, y no rechazarlos sino simplemente reafirmarle y darle apoyo. Más
tarde, hay que dejar que sepa que es normal y aceptable sentirse mejor después
de un cierto tiempo. Explíquele que se requiere un periodo de tiempo largo para
superar una desgracia (esto es especialmente verdad con la muerte de un
pariente). Siempre echará mucho de menos a aquella persona pero, más tarde, se
sentirá mejor. Por otra parte, un niño puede sentirse culpable porque no siente
tristeza después de la muerte de su primo segundo. Debe decirle que usted se
siente triste porque creció junto a este primo, pero que comprende que él no
comparta este sentimiento porque en realidad nunca llegó a conocerle muy bien.